“El hambre voraz del tiempo le ha hecho engullir con avidez otra semana más. Es viernes. Ayer fue viernes, mañana será viernes; y todos los días desde aquel viernes veinte de junio del noventa y siete serán viernes, viernes, viernes.

El viento aúlla con ferocidad en mi ventana. Las luces de la ciudad parpadean atentas a kilómetros de distancia. La oscuridad de la noche abraza mis pensamientos. Yo escribo. Tú encontrarías algo poético en todo esto. Algo mágico. Algo diferente. Yo no dejo de encontrar la misma melodía de verano de cada día. Mis letras se han convertido en el teclado de un piano que entona una y otra vez la misma canción, que encontró un ritmo cómodo en el ir y venir de tu respiración; y que, aun sin escucharla, la sigue al compás.

Hoy sigue siendo viernes, viernes veinte de junio del noventa y siete, y ha empezado una tormenta infernal; de aquellas de verano, con rayos y truenos. Tú el rayo. Yo el trueno. Y el resto del mundo es quien observa desde muy lejos como nunca te alcanzo, sin saber que en realidad siempre he ido a tu vera.

Echo de menos el otoño. Ver cómo las hojas de octubre se desperezan de su sueño y vuelan hacia la tumba; cómo todo evoluciona, cambia, muere. Octubre siempre volverá, decías; al doblar la esquina después del eterno verano. Pero no regresa. Las calles de esta ciudad se vuelven infinitas; mis pasos, insignificantes. Y siempre avanzo hacia el viernes, hacia el verano, hacia mil novecientos noventa y siete.

Despierto y no sé si aún continúo durmiendo; duermo sin querer despertar jamás. Mis palabras, un puñal. Mi voz, la sentencia de muerte.

Y corre la tinta. La sangre. La tinta. La sangre.


Lo mismo da.”