Hay ciertas notas que me devuelven al pasado. Con el golpeteo de los dedos en el piano siento que mis pasos retroceden siglos, mis ojos se cierran y dibujan con torpeza los momentos que un día fueron. De pequeña acudía a clases de piano. Era buena, todo el mundo lo afirmaba. Me decían que cuando tocaba parecía que la música hablaba con la voz de una anciana. Que si cerraban los ojos jamás habrían pensado que mis trece años pudieran expresar de esa manera una obra, dando aquel peso al pasaje, aquella voz al silencio.

Recuerdo al profesor Teijido repitiéndome una y otra vez: “Nunca vuelvas sobre la nota ya tocada. Corrige en los ensayos, repite fragmentos, pero en la vida real no se vuelve atrás, se sigue adelante. Las notas pasadas ya no se pisan”.

Estoy escuchando aquel viejo vinilo que me regalaste, envuelto por telarañas en el estante. Quién sabe por qué lo he puesto. Llevaba ya unas horas queriendo retozar en el pasado. Hay algo extraño en soplar el polvo de la cubierta y sentir que el reloj retrocede con las motas que se esfuman. Coloco la aguja del tocadiscos sobre el vinilo, y cuando la música empieza a sonar comienzo a sentirme ridícula. Una vez te dije que nuestros sentimientos son absurdos. Nuestra vida son escalas, vamos cambiando de tonalidad con los años, caminamos sobre las melódicas, lloramos con las menores, reímos de júbilo con las mayores. Pero nuestra naturaleza está en lo que yo ahora llamo el absurdo de una armónica menor. La estupidez de un semitono. La minucia que nos emociona, que nos hace llorar.

La naturaleza humana es disparatada. La vida nos empuja hacia adelante mientras nuestra mente se retuerce por recordar tiempos pasados. Las cadencias de la melodía me impulsan a revivir los tiempos en los que me acompañó; un amasijo de emociones se entremezcla en mi interior, tengo ganas de llorar y de reír a la vez, como si todo estuviese pasando de nuevo pero mi mente fuera incapaz de ligar el recuerdo y la sensación. No la dejo ir más allá, porque de nuevo tengo las palabras de Teijido en mi cabeza: “¡las notas pasadas no se pisan!”. Siento que el recuerdo reescribe la melodía, que la mirada al pasado adultera el escenario hasta hacerlo irreconocible.

Cuánto nos apasiona, sin embargo, retocar con destreza la historia de quiénes somos. Nuestra vida es la piel de una serpiente. Apenas hemos vivido algo ya lo estamos relatando, añadiendo nuestra propia armadura al recuerdo, escribiendo nuestra versión del mundo. Quisiera creer que la historia que me cuento es la que he vivido, pero sé que es mentira. Sé que todavía me miento, que lo que no engaña es el nudo en el estómago y las lágrimas que caen sobre una sonrisa irónica. Sé que puedo decir: nunca te quise; y eso es más fácil que admitir lo absurdo de que lo hiciera, lo absurdo de que ahora corrompa el recuerdo sobre una canción cuyas notas encierran una verdad que yo ya no sé interpretar.