El hogar es un abrazo cálido que te sorprende entre las tinieblas de un futuro incierto. Soy un eco de mí misma, un resonar que sólo adquiere sentido en oídos entrenados, incomprensible para aquellos que lo escuchan por primera vez. Si el pasado, ya inmutable, me parece incierto, ¿qué opinión me merece el futuro, que aún no ha tenido lugar? No puedo retroceder (no entiendo lo que me precede), y no deseo avanzar (dos pasos más allá me temo a mí misma).

Es extraño, Jonah, que te escriba de nuevo tras todos estos años. Es absurda la facilidad con la que uno se pierde en el mapa de su mente. Hace tiempo que perdí esa capacidad de, como te dije una vez, “manejar los hilos sin atármelos al cuello al mismo tiempo”. Ya me estoy citando de nuevo. No sueno a mí misma.

¿Recuerdas cuando éramos niños? Ah, la nostalgia llamando a la puerta. Nuestros ojos estaban teñidos por la juventud, éramos tan ciegos al mundo. Echo de menos esa ceguera, el no comprender lo que me rodeaba. El mundo es a menudo un lugar triste y sucio cuando lo miras con ojos que ya entienden. No sé qué pensarás de esto, amigo, pero creo que la edad nos lisia, que nos convierte en inválidos emocionales. Echo de menos la entereza de la infancia; la posibilidad de llorar de tristeza, de reír a gritos. Estamos tan encadenados ahora, y lo peor de ello es que tenemos la ilusión de ser más libres que nunca.

Es absurdo que lo creamos cuando ni siquiera somos capaces de derramar unas lágrimas sin pensar que podríamos estar alimentando las risas de quienes nos rodean. El mundo es terrible. Cuando éramos niños no teníamos razones para llorar más allá de raspaduras en las rodillas o que aquel niño nos había robado el muñeco. Ahora que las razones son inmensas, a menudo incomprensibles, casi siempre absurdas, nadie se atreve a llorar.

El mundo es terrible, pero siempre lo ha sido, ajeno al entendimiento de la mirada de un niño. Ah, Jonah, sé tanto que me da miedo. Qué frase más cierta y qué devastador es comprender este mundo. Deseo las explicaciones simples de la infancia, que las personas sean buenas o malas, pero lo cierto es que no somos ninguna de aquellas. Somos incoherentes y ambiguas, una variedad asquerosa y disparatada de sinsentidos nos gobierna, y a veces desconocemos hasta lo más básico de nosotros mismos.

Cambiamos de canal, impasibles, viendo cómo se suceden las tragedias, como años atrás nuestros padres también lo hacían, mientras nosotros vivíamos en nuestra pequeña mente, en esa mente infantil que desconoce el vertedero en el que se moverá cuando comprenda la vida.

No veo el mundo de la misma forma que lo hacía cuando empecé a escribirte, y quizás por eso he dejado de hacerlo. Mi mirada me asquea. Siempre me han gustado esas historias en las que brilla la voz del autor, la delicadeza de su mirada, su forma de acariciar el mundo y describir de ese modo el tacto del ser humano. Anhelo la elegancia perdida de mis palabras, el velo que cubría mi mundo hace años. Quisiera tener una voz franca, pero lo cierto es que la verdad que me rodea me resulta tan aplastante que me niego a escribirla sólo por no hacerla cierta en mis palabras. 

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