Perdí la cordura entre sus entrañas grises
y sólo la amé conocida distancia,
cuando con piernas entrenadas
subí una vez más la curva de su espalda
y alcancé hogar.

Se le cerraban los ojos cuando me fui
entre una cortina de niebla densa,
impuesta,
tras la pugna por un viaje
que me alejara de mí.

Quién no huiría del llanto de una mujer
que nunca se cansa de llorar,
de despertar todas las mañanas
con los ojos empañados.

Quién no escaparía de las garras
de aquella figura de faldas grises
cuyas venas recorrió mi cuerpo,
por inercia,
cuando aún desconocía mi nombre.

Me bauticé en la carretera,
y descendí en busca de un abrazo más cálido,
sin prever el rojo de un invierno duro y frío.

Me aferré a la mano del tiempo sin querer,
y viví doce meses el mismo mes,
y tres años el mismo año.

En un suspiro del reloj escapé al norte,
añorando el roce de su vientre níveo,
su risa familiar,
un llanto constante que calase mi piel.

Con el regreso permanecieron los vicios,
siempre en el mismo lunar,
(segunda puerta al empezar la calle),
engullida el resto de la memoria
por la avidez de aquella mano cálida.

Dejé de perder los dedos al frío,
sin pluma que blandir,
y encontré la voz que en ella perdí años atrás,
ya afónica de tanto silencio,
ya exhausta de no decir nada

"¿Será esto perder el Norte?", me dije.
Será que no se puede avanzar
si me olvido de aquella dama gris en que nací.