Alguien debería pararse a escribirte.

Lo pienso cada mañana, nada más se desperezan las pestañas y los párpados dejan paso al día. El día: alguien debería pararse a escribirlo. Con los pasos rápidos de la oscuridad; la llegada repentina de un amanecer tan esperado como insólito, a su manera misterioso, predecible, también. Alguien debería escribirlo. Alguien debería esbozar tanta contradicción en algo coherente, qué sé yo, no puede ser tan difícil esto de escoger palabras, ay, si no fuera más que abrir el catálogo y dar con la receta que convenga. Que si un verbo que suene así, o asá, que si este no me sirve: demasiado manido, qué pretencioso, qué malsonante. Decirme: esa frase no se amasa así, qué horror de formas, qué poco equilibrio, qué desastre de elaboración, qué mezcla tan desaprovechada con lo bonito de los ingredientes. 

Me explico: alguien debería escribirte como se esculpen cientos de máscaras, cada una diferente a la anterior, cada cual similar a su modo, todas ellas encajando en ti como hechas a medida. Alguien debería escribirte saliendo de casa un martes por la tarde –qué terribles horas de tedio, los martes a partir de las cinco alguien nos debería escribir a todos– con la idea de, quién sabe, yo qué sé, quizás tomar un atajo para llegar adonde los pies te arrastren, con la torpeza que lleven implícita mis palabras, las de quien sea que se atreva a ponerte un nombre al azar que te permita caminar mientras estás sentado, muy lejos, desconociendo por completo las andanzas de quien lleva tu máscara.  

Alguien debería no dejarme escribir, no dejarme escribirte, consumirte con cada palabra, deformándote en algo a veces grotesco, a ratos hermoso, a veces, cuando consigo dar con la receta adecuada y tengo la suficiente destreza para enredar los hilos sin atármelos al cuello al mismo tiempo.

Qué insensatos, tanto escritor hablando de amor, de hogar, de sentido, qué cruel fortuna aquella de aceptar ese deber atroz de enmascarar la realidad para descubrirla; y con todo ello atreverse a llamarlo destino, o talento, o ingenio.

Alguien debería dejar de escribir nieve blanca, negro azabache, azul cielo, y empezar a hablar de todo ese alcantarillado por el que discurren las palabras que ya nadie utiliza, las que nadie quiere escuchar, lo irrisorio de este lenguaje, lo que encontramos tras descender desde tanto castillo y tanta receta de cinco minutos, tanto texto precocinado que calentar al microondas. 

Alguien debería escribirte.

No, no me mires así. Yo ya no sé decirte ni cómo. Yo no, que yo no sé. Ya no sé.