Cosas que has de saber acerca de mí: Soy muy despegada. Y por despegada no quiero decir que ansío la libertad, que persigo el volar a mis anchas, en absoluto: Soy una esclava de mí misma. Me necesito, sólo y únicamente a mí, en más ocasiones de las que me gustaría contar. No puedo ni debo lidiar con el mundo entonces. Es injusto. Es frustrante. Mis cadenas me permiten avanzar, acercarme; apenas llegar a unos metros de quien perturbe mi tranquilidad. Observar. Escuchar. Asentir. Y con todo ello finalizar cualquier contacto, cualquier interacción con el exterior. Nada me libera en ese punto, pues soy yo quien tiene la llave y quien se la esconde a sí misma con ahínco.

No hay anhelos ni aspiraciones, sólo la pequeña circunferencia que esbozan mis pasos al límite de las cadenas. En esos días encuentro fascinante el hablar del vendaval contra la ventana; la lluvia que, en ciertos casos, como sabes, siempre está llamando a la puerta. Eso es lo único que acompaña a mis pensamientos, lo único que aceptan que camine a su vera.

Y son precisamente esos precarios momentos, esa cárcel que me construyo a mí misma, lo que me permite regresar a todo momento pasado, pensar en lo mucho que anhelo cierto sentir que recuerdo y que, sin embargo, no alcanzo a revivir. La vista cae primero, toda fotografía de aquellos tiempos se difumina y termina esfumándose en el olvido. Las canciones, las escalas, ¡aquel sol sostenido que tanto significaba!; todo se derrumba como una torreta de piezas edificada por un niño. Los olores aún perduran, todavía creo distinguir apenas un resquicio de esos tiempos cuando camino por la calle, me invade momentáneamente la sensación, un regusto leve, casi insignificante, de aquel pasado.

Y entonces, Jonah, pienso: ¿Y qué me queda? ¿Regresar para comprobar que su piel ya no despierta nada en mí, que no hay tacto que me permita ya recordar? No alcanzo a comprenderlo. No entiendo cómo es posible que haya olvidado sin olvidar, que toda razón siga ahí, que me apoye sobre el pasado, que sea el mismo suelo que me sostiene ahora mismo, pero que me resulte al tiempo imposible dejarme invadir por aquella sensación, sentir que, de algún modo, sigo caminando sobre él.

Me lleno las uñas de tierra rebuscando entre estas cenizas, tratando de alcanzar suelo firme, de volver a saber por dónde camino. Esto es cómodo, es bonito decirte que tengo un hogar, Jonah. Pero es ceniza. Es pura ceniza. Y el suelo está debajo.

Tengo miedo de ese gigante, de ese olvido que viene pisándome los talones. ¿Te lo puedes creer? Antes recordaba cada día. Me dejaba invadir poco a poco, llegando a ser apenas una marioneta de mis recuerdos, de lo que habían hecho de mí, y era capaz de sentir con la intensidad de ese Sol sostenido del que te hablé una vez, del Sol sostenido de La menor armónica. Ahora tengo ante mí una nueva escala: mayor, natural, predecible. Este es mi Do mayor. Suena a nuevos pasos, a futuro sin escribir. Ayrton diría que suena a felicidad. Yo la apellidaría hueca. No es la tonalidad que quiero que acompañe mis pasos. ¿Quién no prefiere caminar con una menor armónica, con su Sol, Re, Mi sostenido? No tiene por qué ser La. No tengo por qué repetir historias. Sólo espero que el sostenido regrese a su lugar adecuado, que la escala, poco a poco, se torne de nuevo menor (Si menor, Si menor armónica sería una escala preciosa para comenzar).

Y que mis pasos encuentren de nuevo en ella un ritmo cómodo para caminar.

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