—Lo que quiero decir es que el cuerpo es una herramienta. Es la forma que tengo yo de llegar a ti y por eso me gusta conocerlo y saber su idioma, pero en sí mismo, aislado de lo que alberga, carece absolutamente de ningún valor. Para mí tú eres tú estés donde estés, y aunque es cierto que en otro cuerpo serías parte de algo diferente, y por tanto funcionarías de otro modo, sólo me sería necesario comenzar a entenderte en otro lenguaje, aprender a llegar a ti por medio de otra piel. Seríamos torpes al principio, resultaría complicado entenderse en idiomas que nunca se han hablado, en pieles que al rozarse se suenan ajenas y desconocidas.

>> Y supongo que quiero decir que quizás no me enamoraría de ti de estar tú o yo en otro cuerpo. Que aunque estuviera en mí el querer entenderte quizás el frasco sí importe en la medida en que compone también las palabras del alma.

De ahí que te diga esto tanto.
<< Estabas tan a salvo en mi mente >>.

A menudo cuando te pienso te dibujo diferente. El pincel de la realidad se vuelve insignificante. En mi mente, tus ojos son más que tus ojos, hablan de historias y de ti y de mí y en idiomas que ni siquiera entiendo. Es más, diría que ni siquiera sé dibujar tus ojos cuando te pienso. Tu rostro es un lienzo en blanco, es pura conjetura. Hablas sin que se muevan tus labios (labios que no existen, sólo tu silueta se va moviendo al compás de tu respiración), tus pupilas me buscan, quizás porque soy lo único que ahora mueve tu mundo (pero yo no las veo avanzar, sólo tal vez siento las cosquillas de tu mirada en mi piel, aunque de nuevo estoy imaginando). Derivo en incoherencias, y me pregunto hasta qué punto tú eres la persona que veo con los ojos y toco con las manos y no la que mi mente dibuja con trazos torpes. Y quizás seas las dos, quizás ninguna, quizás ambas sean apenas un resquicio de todo lo que eres. ¿Sabrá tu cuerpo las historias que ha vivido en mi mente? ¿Sabrá distinguir mundos con ese rostro invidente, con esa mirada que sé que está ahí pero no veo?

No lo entiendo. Cuando te pienso, cuando te sueño, a ti o a cualquiera, soy capaz de dibujar mil y un escenarios, marcos terrenalmente imposibles, siluetas perfectas, pero me resulta imposible de enfocar ningún rostro. ¿Le sucederá eso a todo el mundo? De nuevo con esta línea de pensamiento regreso al inicio de toda esta incoherencia: ¿Eres tú más que tu rostro, más que tu mera silueta, más que el tacto de tu piel? ¿Cómo si no soy capaz de reconocerte en sueños cuando ni siquiera distingo tus facciones? ¿Cómo puede ser mi mente tan torpe, o tan inteligente, o tan macabra, como para mostrarte sin ser capaz ni de terminar el boceto? ¿Hay algo en ti de lo cual no distingo naturaleza alguna, pero sí su simple existencia? ¿O será, pues, cuestión de recuerdo? ¿Será que dejas en mí algo de tan difícil definición que mi mente prefiere obviar los detalles sin importancia, apelar al puro instinto, a la sensación, tan vívida, que va ligada a tu recuerdo? Es tan difícil no pensarte. Es tan difícil pensarte. Abro los ojos para ver tus ojos, tu boca, tu cuerpo, tu piel. Los cierro cuando quiero pensar en ti. Pensarte. Sentirte como todo lo que eres; pese a no alcanzar a ser dibujado como más que una pobre silueta, apenas un eco de todas tus imágenes.

Y en cambio, sigue viva en mí esa certeza, arañando toda racionalidad, sigue vivo en mí ese pensamiento, ese creer en tu identidad como una silueta que no acierto a dibujar y que sin embargo conozco al milímetro. Torpeza del arte, me digo;  torpeza de la vida misma, que nos ha hecho ciegos y sordos al alma.

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