Me preguntan que en qué creo. En el arte. En qué si no. En la religión de quienes necesitan una soga terrenal que atarse al cuello, aquellos infelices que desean también contarse mentiras; pero las mentiras más bellas que puedan esculpir unos labios.

Tengo mis oraciones en la mesilla de noche. ¿Predicadores? ¡A cientos! Dependiendo del día, los versos me salvan o me condenan; me proporcionan respuestas que ansiaba y ponen voz a todo aquello que mis labios callan. Algunos de ellos verdaderamente me liberan, rompen cadenas con cada palabra, como el pensar en aquello de los esclavos libres de Hegel. La paradoja más cierta que he leído jamás: ¡la libertad está en el anhelo! Otros, más frecuentes, me encadenan los pies a la tierra; como cuando leo los versos amargos de Baudelaire y me llamo ciega, ciega, ciega, mientras con los ojos bebo de unas letras que poco a poco me envenenan.

Esta noche, el rezo dice así: << Todo estaba ya en ti. Los nombres que te invento no te crean >>. Habla un Ángel, dicen; un hombre que escoge ser Ángel cuando le ofrecen convertirse en deidad, y, sobre un dios, cuestiona antes su forma de amar que su existencia.  Sus versos esta noche me recuerdan que yo no me muevo por deidades, que mis figuras al final del camino se asemejan a la Beatrice del Sinclair de Hesse, la que fue primero la Beatrice de Dante.

Llamarte a ti Beatrice me suena ajeno, pero de pararme a pensar en un nombre que casara mejor contigo, mis pensamientos caerían en picado llevándome demasiada ventaja. Así pues, hoy puede que seas Beatrice, pero mañana otro llevará tu nombre, o quizás tu nombre lleve entre los dientes mil almas más. 

Quiero decir con todo esto que no te conozco. No sé quién eres. Para mí, hoy, Beatrice. Tú te conoces con otro nombre. Algunos te llaman complicado. Difícil. Yo, como te he dicho, no te conozco. He inventado mil y una historias para ti; cientos de nombres han sido los que has llevado a tu espalda, y muchos son los días en los que no me queda nada más que aferrarme a pensar en lo a salvo que estás en mi mente. Algún día, pronto, sabré tu nombre. Hoy sé sus letras, sé llamarte como te llaman, pero desconozco el significado de todo ello, desconozco el rostro que se encuentra debajo de tus facciones, que a su vez son la máscara de todo aquello que he inventado para ti.

De todo ello se deriva el verso, o del verso se deriva todo ello –poco importa la causalidad en este caso, porque todo ha confluido en este círculo perfecto-. Y ahora debo decir que deseo que Ángel González tenga razón. ¿Estará todo ya en ti? ¿Serán mis historias reflejo de lo que ya eres? ¿Seré capaz de desenredarte de ellas, de todos tus nombres, cuando el verdadero se alce entre los demás?

Es más, ¿será alguno de ellos el verdadero? 

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