"Siempre termino escribiéndote cuando llueve. ¿Qué será eso que tiene la lluvia que es como el tambor que marca el ritmo de mis letras? Hoy, sin embargo, es más que eso. Diluvia. Mis palabras tropiezan unas con otras tratando de seguir las cadencias de la lluvia, de resonar al son como si fuera la música que las acompaña.

Los regueros de agua circulan calle abajo sin obstáculos que se lo impidan, y desde mi ventana puedo ver cómo las gotas trazan círculos al chocar en cada charco. De vez en cuando se desvanece la luz de la única farola que ilumina lo que alcanzo a ver desde aquí, y aunque continúo escuchando las gotas caer (suenan claramente al llegar al asfalto, repiquetean una y otra vez contra mi ventana, como en un intento frustrado de llegar hasta mí), siento que me engaño a mí misma, que no sé si es mi mente la que inventa este diluvio, si el torpe tropezar de las gotas es únicamente mi forma de escuchar la colisión de mis pensamientos. 

Cuando apoyo la mejilla en el cristal, y con un solo ojo enfoco desde muy, muy cerca las gotas de agua, éstas se dibujan en mis pupilas como zarpazos en el cristal; meras líneas difusas cuya silueta deforma y cincela la luz de la calle a oscuras. Sólo al alejarme y tomar perspectiva logro delinear todas las gotas de agua, llego a contemplar con asombro el cuadro y me hago verdaderamente consciente de que el diluvio ha comenzado y golpea en mi ventana.

Y lo que  quiero decir con todo esto, Jonah, es que te he mentido. Yo soy más que estas cuatro paredes de mi mente, soy más que esas nubes de lluvia que fueron mi techo tiempo atrás. Soy tan valiente que quiero nadar ahí fuera; tan cobarde que renuncio a ahogarme en la inmensidad de mis propios pensamientos."

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