En un aeropuerto. En una estación. ¿Dónde si no?

Las multitudes reinaban en el silencio. Y es así, y no en el orden inverso, porque el silencio era lo que más pesaba en aquellos lugares; era como el suelo de mármol sobre el que hacían eco las pisadas. Las maletas rodaban por el suelo, los avisos por megafonía eran constantes y tan ininteligibles como habitualmente, pero el denominador común entre tanto ajetreo, prisas y despedidas era un silencio sepulcral que se asentaba sobre todas sus cabezas. El silencio de grillos en una noche oscura.

Ninguna de todas aquellas últimas llamadas de aviso parecía decirle a Eris “regresa a casa”. Ninguna la llamaba a despegar la mirada de su libro y levantarse de aquella incómoda silla de aeropuerto. Por el momento, su hogar parecía estar allí, en el limbo, entre más de una ciudad, entre más de una época.

Podría quedarse allí una vida entera y todo el mundo pensaría que había un avión al que estaba esperando; que había un destino que alcanzar, un hogar al que regresar. Quizás no. Quizás no siempre. 

En su mente se desdibujaban con facilidad las líneas de recuerdo y realidad, y las letras de su libro no tardaron en obligarla a desplazarse por diferentes períodos de su línea temporal con esa insultante facilidad que sólo se adquiere tras haberse desembarazado de lo consciente en más de una ocasión.

Ese camino la condujo de nuevo al mismo punto de siempre: vio aparecer a Ayrton entre la multitud, siendo aquel silencio velado desplazado por la quietud que de pronto trajo su presencia. 

Se imaginó mil y una formas en que le pediría que se quedara. Que encontrara un hogar allí. En otra parte. Donde fuera. O diciéndole: “¡Qué diablos! ¿Quién necesita un hogar cuando se puede ser nómada del mundo entero?”. Se lo imaginó diciéndole todo aquello que siempre había tenido miedo de decirle; lo que ella había temido siempre escuchar. Se recordó una y otra vez a sí misma pensando que todo aquello era demasiado enorme, demasiado inmenso, como para caber más tiempo dentro de la cárcel que eran sus labios, que quería salir de ahí, pero las palabras se le atascaban en la garganta y se sentía estallar. 

Y entonces, como si de pronto alguien hubiese comenzado a pasar a grandes velocidades la película de su vida, sus labios dejaron de formular aquellas funestas palabras y comenzaron a articular una de significado bien diferente.

Por más que se miraba una y otra vez –con los ojos cerrados, como se mira todo aquello que nos importa-, no se veía más que pronunciando una y otra vez esa misma palabra.

Nunca, nunca, nunca. Cualquier pregunta tendría esa respuesta. No importaba cómo la formulara. No importaba lo que implicase, el futuro que dibujase ante sus ojos, las posibilidades que se abrieran ante su mirada. Lengua en el paladar, esa primera ene fatídica desataría siempre la hecatombe que los rompería por fin en mil pedazos.

Cuando lo vio allí de pie, de pie de verdad, fuera de su mente y de la imaginaría posibilidad de todos esos nuncas, comprendió que aquella palabra mutaría siempre cuando la pronunciara en voz alta, si eran sus oídos quienes escuchaban atentos.

Ayrton se acercó en una tácita despedida. Se sentó a su lado, uniendo aquel silencio de calladas palabras al que reinaba de por sí en el lugar. No hubo ninguna pregunta. Tampoco súplicas. Sólo aquel silencio horrible que llenaba el aire que quedaba entre dos desconocidos.

Los ojos de Eris se alzaron un ápice, encontrándose con aquellos iris hacía ya tanto irreconocibles. Los párpados cayeron una vez más como una cortina, antes de sus labios elaboraran una de las frases que más se han esgrimido como arma desconocida de guerra:

  —Te perdono. 

Y como fin de batalla.

¿Dónde si no se despide uno? 
En las estaciones, en los aeropuertos.

En los cementerios.

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