7:32 de la mañana: de un camión de mudanza sale una mesa redonda con grabados horribles. Los encargados se apresuran a introducirla en el portal. Hay cientos de cajas. Yo pienso: ¿y cómo habrán almacenado todos los recuerdos en un espacio tan pequeño? ¿Quién se encargará de llevárselos al nuevo hogar?

3:13 del mediodía: una hoja de un árbol cae sobre la chaqueta de un chico. Él no se percata. Camina hacia el interior del autobús, mientras, en silencio, la hoja se desengancha de su chaqueta y va a parar al suelo. Durante un momento, todos los pasajeros (todos los que miramos hacia el exterior de nosotros mismos) observamos con extrañeza aquel curioso suceso. Algo está fuera de lugar.

Página ciento dieciocho: Estoy siendo creadora de mi propio mundo. Esos dos minutos insignificantes tienen algo que ver por ese finísimo hilo de pensamiento que los está conectando en mi mente en este preciso instante.  Veo en ellos la antítesis del propio recuerdo; el desechar la propia carga en contra del llevarla sin apenas darse cuenta.

Mi pensamiento hila sin querer la historia de los propietarios de aquella horrible mesa, y pienso de dónde vendrán, qué buscarán aquí, ¿sabrán que esta es una vil ciudad engañosa que arrebata más de lo que concede? ¿Serán conscientes de que han viajado como un sediento hacia un espejismo? No lo creo. Ni siquiera sé si son propietarios. Supongo que sí: es una mesa de las que se colocan en salones pretenciosos, de las que buscan señalar felicidad y bonanza. Parece recién comprada: no les pesa mucho (por eso diría que no han pasado grandes cosas en ella).

En el lado contrario de la balanza hace equilibrios una hoja sobre una chaqueta. Me obliga a pensar en esos recuerdos que penden de un hilo; los que olvidamos a cada segundo. ¿Quién se dará cuenta de ese olvido en nuestros ojos? ¿Alguien verá ahogarse el recuerdo como vi yo la hoja caer hacia el suelo? ¿Alguien pensará que ve el sufrimiento en mis pupilas cuando yo ya lo haya olvidado?

Lo que quiero decir: Bendita telaraña que me recoge en estos pensamientos. ¿Quién sería yo sin ser capaz de hilar la mesa y la hoja en un recuerdo coherente? Es más, diría ser capaz de hilarlo en la explicación misma del recuerdo: tan pesado que nos impide avanzar porteándolo, tan liviano que no somos conscientes de que siempre marcha con nosotros. 

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