La línea podría ser dibujada hasta con tiza. Cualquier niña, cualquiera, sería capaz de trazarla en el suelo; más o menos recta, más o menos larga, pero igualmente concisa, precisa en su trazado y, lo más importante, funcional.

Y es que ya sabemos que yo no entiendo de líneas. ¡Si alguna que otra vez os he hablado de choques y líneas paralelas, mon dieu! ¿Quién soy yo para exponer geometría?

De lo que hablo es de esas veces en que una línea te hace libre. Sí, sí, como lo estáis oyendo: limitarme me libera. ¡Quién lo hubiera dicho! Me cierro puertas y evito caminos, doy pasos atrás y, de repente, es como si observara el mundo desde una perspectiva renovada. Veo aquel sendero serpenteante, tantas veces recorrido arriba y abajo y tantos tropiezos en vano, creyendo que circulaba hacia alguna parte; que las cicatrices que me ganaba con cada paso eran inversiones de futuro.

Aquí estoy ahora, riéndome de mí misma -desde la garganta, tomando bien el aire pulmones arriba, como se ríe uno cuando le sobran motivos y oxígeno- mientras me doy cuenta de que las cicatrices son siempre una inversión por y para el pasado. Un negocio horrendo, si me permitís la apreciación. De lo más improductivo. Aun sé menos de economía que de geometría, pero estoy segura de que no muchos expertos apostarían por algo que jamás regresa.

Lo que quiero decir es que son las dos y seis minutos de la mañana, y yo estoy hablando de líneas, geometría y economía porque mañana tengo un examen y me da lo mismo. No hablo de indiferencia. Mañana tengo que levantarme a las siete y quince minutos de la mañana. Probablemente llueva y estoy segura de que hará un frío de los que hielan huesos (y no hablo de la piel). Nuevamente, no me importa. Ya son las dos y trece.

Vaya, ¿esto es lo que ocurre cuando empiezas a invertir en el presente? De repente se me van los segundos. Se cuelan por las rendijas del tiempo y se me hacen cenizas en las manos, y es la primera vez que los lloro.

Afortunados segundos los del minuto catorce de las dos de la mañana del cinco de noviembre de dos mil doce. No me queda más que aplaudir a esos valientes que se han atrevido a comprobar de primera mano lo que es la libertad.

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