"Hace semanas que quiero que llueva. A veces, Jonah, creo que subestimamos las posibilidades de nuestra propia mente; a veces creo que miramos demasiado con los ojos. Los entornamos, así, dejándolos en rendijas por las que apenas pasa la luz, y nos sentimos importantes porque todo aquello nos otorga como un aire solemne… Y somos tan ciegos.  ¡Yo no paro de andar a tientas por el mundo! Me digo a mí misma que ahí está el suelo, que piso lo que quiero y retrocedo a mi antojo, y que no sé a qué llaman caminar si no es a darse de lleno contra estas cuatro paredes que nos rodean. 

Sí, aquí, ¿las ves? A veces me siento un mimo en mi propia mente. Mis manos –las que yo me invento, unas manos de pianista, finas, con dedos largos; por algo las puedo imaginar-, chocan torpes contra muros que no existen, y desde fuera se me ve algo absurda; como ciega, sí. (Pero ciega de aquellas que ven demasiado). Algunos me dicen: vamos, ¿por qué no sales de ahí?  Camina, camina; sigue adelante. Y yo, tonta de mí, les hago caso y comienzo con un nuevo desatino. Me doy cabezazos contra las barreras, algunos se ríen, y me dicen… ¿sabes qué me dicen, Jonah? Me dicen que qué bien lo hago, me aplauden por ser capaz de resguardarme entre las cuatro paredes que yo he dibujado para mí. 

Por eso te digo esto: sé tantas cosas que me da miedo. Yo veo mis paredes: para mí han dejado de ser de aire, de cristal. Y las toco y las siento y me choco con ellas. Y sé demasiado, Jonah Dane. Me digo a mí misma: ¿qué harás, Eris, qué harás cuando se te acaba el respirar en ese espacio diminuto? ¿Encontraré otras cuatro paredes y me esconderé entre ellas hasta que suceda lo mismo? 

No sé por qué he dicho eso de llover. Supongo que me ha venido a la mente ese cielo gris que ahora estará sobre tu cabeza. Pienso en cómo tú no tienes ni idea de que ese es el techo de tu jaula; y tú me dirás: ¿cómo va a ser el cielo un techo, si podemos subir más allá? 

Ya te he advertido de que sé demasiado. ¿Y por qué no hay lluvia ahí arriba? ¿Dónde se acabará la lluvia, Jonah? ¿Dónde dejará de haber techo sobre nuestras cabezas? 

Cuando pienso en lluvia creo que me ahogo un poco. Y boqueo inútilmente, así, e intento que mis palabras me hagan respirar, pero es complicado. Sobre todo desde que me regalan diluvios.

Si vieras qué bonito, Jonah. Me encantaría que estuvieras, pero sólo han hecho sitio para uno aquí. Golpea con fuerza. Las gotas no paran de repiquetear contra la ventana (por unos instantes creo que están llamando a la puerta, me piden permiso para inundar por fin todo esto), y cada tromba de agua que choca contra mis cuatro paredes es más fuerte que la anterior. 

Me da tanto miedo.
Creo que no quiero nadar ahí fuera; que me gusta tener este pequeño refugio que sólo yo conozco. ¿Existirá algún pez que no quiera nadar, que prefiera ahogarse poquito a poco?
Te lo diré yo, Jonah: no. Porque los peces no tienen muros, ni paredes. Porque los peces no conocen que hay un diluvio ahí fuera, porque ellos no se sienten mimos. Ellos no se sienten nada. 

¿Tú crees que se sabrán siquiera peces?"

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