A las cuatro de la mañana del día dieciséis de septiembre de mil novecientos noventa y tres, Demian vio caer la primera hoja del otoño. El cristal se había empañado con la humedad del exterior, donde la oscuridad había engullido todo resquicio de color hacía ya muchas horas. Observó la hoja en cuestión, un tanto anaranjada, perezosa en su descenso, mientras, iluminada por la luz centelleante de una farola, se mecía en silencio hasta terminar descansando en el suelo.

Pensó en lo difícil de ser aquella pequeña hoja solitaria, la primera en caer, antes de tiempo, la que iniciaba la marcha que tiempo después todas seguirían. No había más ojos que los suyos mirando aquella hoja mientras iniciaba la danza del otoño, haciendo sonar los primeros tambores de la melodía que acompañaría a los siguientes meses. Nadie pensaría que había llegado el otoño aquel dieciséis de septiembre a las cuatro de la mañana; y sin embargo la primera hoja había caído.

Muchos otoños atrás, cuando apenas era un niño, le había preguntado a Eris que cuándo comenzaba aquella estación.

—El 22 de septiembre, dicen —Le había respondido ella, y sólo mirándola supo enseguida que había una historia encharcada en sus pupilas que quería ser contada. Se sentó junto a él, entendiendo al instante su tácito acuerdo de escuchar lo que fuera que siguiera a esas palabras—: El mío tuvo nombre propio durante muchos años. Cada otoño, las hojas caían cantando una canción concreta, coreando una historia de tiempo, distancia y olvido. El otoño siempre habla de tiempo. Y de muerte, la peor de todas, cuando una parte de ti fallece en silencio. Cuando tu silencio se convierte en el verdugo que desgarra lo que fuiste una vez, lo que nunca deseaste ser, lo que siempre quisiste haber sido, y tu mente es la poderosa dueña de todo (incluso de lo que nunca debió caer bajo su dominio), que da la orden, impasible; y con párpados entornados, los ojos mirando tímidos, observa morir todo aquello. Y el pasado, sabedor de que no ha de pugnar por más futuro, agoniza lentamente bajo la mortecina luz, de un naranja opaco, como el fin del verano, que ilumina las fauces de lo desconocido.

>> En cierto modo, yo siempre viví en otoño. Muchos años, cada uno de ellos viendo caer las mismas hojas sobre el asfalto, una y otra vez, una y otra vez. Me gustaba lo que me contaban. Era una melodía bonita, triste, melancólica. Era una melodía que yo nunca podría cantar, que en cierto modo me asustaba, que por otro lado, al mismo tiempo, me fascinaba… Y que siempre podría escuchar, pasara lo que pasase. Era una de las pocas cosas que me hubiese gustado mantener siempre conmigo.

>> Fue una estación que apareció en el momento adecuado. Ahí estaba yo, estancada en la quietud de cielos azules del verano, y de pronto cae la primera hoja, yo apenas percatándome, ella pasando desapercibida ante mis ojos, irrelevante, y después le sigue un tropel; y me encuentro caminando por una alfombra de tiempo y dudas, y me alejo de esa quietud para seguir un ritmo vertiginoso de cambio constante, de idas y venidas, de cielo despejado en un instante y chaparrones en el siguiente.

>> Y quizás eso es lo que me gusta del otoño, que nunca sabes qué esperar de él. Que por mucho que llueva o que el viento te haga tambalear, siempre habrá momento de calentarse las manos con tazas de café y hablar de cosas que nadie comprenda. No sé cómo explicártelo, porque es un sentir extraño, pero el otoño soy yo y yo soy en parte el otoño. No es que seamos lo mismo, pero en cierto modo nos hemos erigido el uno al otro en más de un sentido.

>> Crecí con él. Cambié con él. Y por eso lo que te voy a decir es duro, difícil, complicado de pensar, aun pasado tanto tiempo. Ya no vivo en otoño. Un día dejé de prestar atención a la canción que cantaban las hojas; un día, una tormenta me hizo hacer oídos sordos a todo aquello. Llegaba el invierno, y yo no pude más que despedirme de lo que dejaba atrás, como una madre se despide todas las noches de un hijo: sin marcharse del todo. Permanece con él hasta que se duerme; entonces, en la más descalza y melancólica quietud, se marcha a combatir sus fantasmas. Y, labios sellados,  le dice: Cierra los ojos. Me quedaré. Sigo aquí. Estoy contigo. Duérmete. Olvídame.

>> Y se va.

>> No fue hasta entonces cuando me di cuenta de que el 22 de septiembre no tiene nada que ver con el otoño. Para mí el otoño comienza cuando cae la primera hoja. Puede ser un veinte de septiembre, o un treinta y uno de agosto, o el mismo dos de octubre. El dos de octubre, de hecho, es un día fantástico para empezar el otoño.


(Estoy convencida de que no habrá mucha gente que
 comprenda este texto en su plenitud, 
hablando más allá de las simples palabras.
 De hecho,
 estoy segura de que sólo habrá una que lo entienda todo,
 al menos lo que se deje a sí mismo entender.

Hace casi un  año me dieron lo que considero 
uno de los mejores regalos que me han hecho en mi vida.
Y ni siquiera costó un céntimo. 

Estemos donde estemos, seamos a veces poco más que nada, 
me apetece devolver el favor. 

Así que aquí envuelto se queda este intento de regalo. 
Pesa poco, no es muy grande -aunque para algunos inmenso-,
 tampoco muy vistoso.
Pero así es el pensar.)