Quizá algún día alguien me diga cómo se empiezan los textos. ¿Por arriba o por abajo? ¿Por el centro o la periferia? ¿Cómo sabe uno qué va a ilustrar incluso antes de escribir las primeras palabras? Hay algo que detesto en esa porfía de la gente por decidir hacia dónde se dirige mucho antes de dar siquiera el primer paso. 

Mis palabras se colman siempre en los lugares más inesperados; algunas veces en el fondo de una taza de café, o en un ticket de metro, en el asiento vacío del tren que cojo todas las mañanas para ir a trabajar o en un marcapáginas viejo en el que había garabateado pensamientos que algún día se me antojaron importantes.

Y lo que vengo a decir es que da lo mismo vestir al texto por los pies que por la cabeza, y tanto da, del mismo modo, que sean cuatro capas de conceptos abstractos que un vestido transparente que deja el pensamiento al desnudo.

Aun en el supuesto (tremendamente improbable y por ello grandiosamente valioso) de que alguien le diera la más mínima importancia a estas incoherencias, ¿significa eso que por ello se hace necesario el cuidar la indumentaria, el elegir cuidadosamente que el punto no va aquí ni la coma allá y que estos signos de puntuación tan mal colocados no dejan respirar a la mente en esta frase inmensa inmensa inmensa que sigue y sigue y continúa y no hay oxígeno que valga porque quizás he encontrado la forma más perfecta de dejar al lector sin aliento?

Res-pi-rad. Ahora. Vienen. Las. Pausas. Lo que he querido hacer que imaginéis con todo esto es una idea muy, pero que muy complicada, de esas que se te enroscan en la mente como serpiente que escala un árbol y parece dirigirse a alguna parte, pero bajo toda fachada en realidad sólo busca esconderse. Y así, tan de pronto, el resto de ideas son como ese tronco oprimido bajo todas esas escamas verdes, y respirar se antoja difícil, y no hay comas ni puntos ni ninguna pausa a la que aferrarte en ese círculo que se cierra y se cierra y se cierra y te ahoga en el más puro absurdo. 

Y no sé. Quizás este texto iba hacia a alguna otra parte y he reconducido sus pasos de mala manera. Quizás yo hoy venía a hablar de la crisis, o de enamorarse de un extraño en el viaje en autobús de vuelta a casa, o de cómo lo del olvido es una mentira que inventamos para sentirnos mejor. Quizás quería hablar de que las verdaderas luchas son con voces y no con puños, o de lo desconocido que te resultas a ti mismo cuando te escuchas en una grabadora o te ves en una foto. Quizás esto estuviera destinado a debatir sobre la identidad, o a hablar sobre utopías imposibles y cataclismos inevitables. Quizás este texto sea otro texto en una realidad espejo en que yo haya escogido vestirlo por la cabeza y no por los pies –si es que he empezado a vestirlo en algún orden, si es que no es pura desnudez, si es que no son pensamientos disparatados enlazados disparatadamente en un disparate sin par –, y quizás este texto sea otro texto (o el comienzo de) en la cabeza de quien lo lee. Y quizás es lo que pretendo. O tal vez no pretenda nada. O no sé qué pretendo. 

Qué debacle es esto de pensar.

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