Septiembre había caído en las redes del otoño. El marrón escalaba los árboles desde la raíz, subiendo por el tronco y empezando a teñir tímidamente las hojas, que se rendían ante el sino inevitable y se dejaban mecer hasta el suelo.

El cielo era un gigante azul bostezando, y sobre la cabeza de Eris se dibujaban las nubes blancas en un aliento que las empujaba siempre hacia delante. Sus pasos aquel día iban guiados por esa sensación que sólo se tiene en otoño; ese sentir que el mundo avanza, que el tiempo corre tan deprisa como se tiñen las hojas, como caen al suelo y perecen, mueren, y todo cambia y es lo mismo y es diferente.

Subió aquella escalera de hojas caídas hasta llegar al portal, y desde los árboles del jardín cayeron varias, enganchándose caprichosamente en el gorro de lana, pero ella no pareció notarlo.

Al cerrar la puerta tras de sí, casi pareció advertir como el peso del tiempo se hacía menos patente con la aparición de aquella quietud del portal. Las hojas habían dejado de caer y el silencio se convirtió en la música estática que la acompañó mientras subía caminando hasta el segundo. Silencio mientras crujían las escaleras a su paso, o cuando saludaba a la vecina gruñona del tercero que bajaba a hacer la compra. Silencio cuando la puerta cedía con un chasquido al empujarla, y silencio al caminar por el pasillo, las hojas de su gorro volviendo a caer hasta el suelo.

Y entonces, música y tiempo.

Las torpes notas que Ayrton tocaba en el piano marcaron el comienzo de los segundos irregulares que funcionarían como el metrónomo que dirigiría la conversación.

—Ignoraba que supieras tocar —dijo Eris.

Él pareció despertar de un trance y sus ojos se despegaron con pereza del piano para fijarse en ella.
 —Sé tocarlo —replicó, una vana sonrisa bailando en sus labios—. Pero si te refieres a hacer música, no. De eso no tengo ni idea.

Eris avanzó hacia él, colgando el abrigo en el sofá y sentándose en el taburete del piano, que era suficientemente grande como para proporcionar sitio para ambos.

—La música no se hace —contravino, con el tono aquel que Ayrton tanto detestaba; ese con el que fingía saberlo todo—. Se habla. Mi madre siempre decía que es el único idioma que todo el mundo entiende, hasta los que nunca lo han hablado.
—Cuéntame alguna historia, pues —respondió él.

Las manos de Eris viajaron hacia las teclas como los brazos de un niño se aferran a las sábanas durante la noche. Sólo había tres aspectos a entender cuando se trataba de Eris Galloway. Otoño, música y letras. Tiempo, pasado y significado.

—¿Te acuerdas de cuando hablamos de cómo definir la melancolía? ¿De cómo hablar de esa tristeza que te desgarra por dentro, pero que volverías a vivir una y otra vez? ¿De esa sensación de que todo se desmorona de una forma tan magnífica que no queda más que admirarlo? —recordó la chica, reflejándose en sus ojos un resquicio de aquel pasado de incógnitas, de aquellos momentos de plantear preguntas que serían capaces de resolver por fin en el futuro—. Sé contarte eso.

Él la miró en silencio, la incertidumbre reflejándose en sus facciones. Ansiaba y temía esa explicación por partes iguales; como cuando te ves de pronto a las puertas de una verdad que no estás seguro de querer escuchar.

—En realidad yo no sé tocar el piano, pero mi abuelo me enseñó de pequeña las escalas. Mayor, menor. Melódica. Armónica —Mientras hablaba, sus dedos caminaban por las teclas con la naturalidad de quien recorre un sendero conocido hasta la saciedad—. Mi favorita era la menor armónica. Siempre le decía a mi abuelo que me gustaba porque sonaba como árabe. En realidad me gusta porque sólo hay una nota que la hace especial. El sol sostenido. Es lo único que convierte esa escala en melancolía. Si añades un sol natural, pierdes la sensación. Suena más bien a indiferencia —añadió, alzando la mirada desde el piano hasta que sus ojos se toparon con los de Ayrton, que parecían beber de aquella explicación—. Prueba tú.

Mientras él repetía la escala armónica con andares torpes, Eris pensó en lo que significaba aquella estúpida nota en su vida. Era esa clase de coincidencia que encajaba el resto de notas en su sitio, que hacía que de pronto todo cobrase sentido, que todo se dirigiera en la dirección adecuada.

—¿Lo escuchas? —intervino, hablando en susurros mientras las notas se mezclaban con el aire y se volvían de pronto silencio, camufladas por la constancia de su sonido—. Es como cuando te sacude esa tristeza abismal y eres consciente de que deberías llorar, pero no puedes sentir nada. Y pasa el si, el do, el re, y todas esas notas importantes que en realidad no aportan nada salvo continuidad. Y llega esa estupidez, ese detalle tonto en el que vas a fijarte. Llega ese sol sostenido que hace que la historia tenga sentido, que la tristeza te golpee como un mazazo de pronto. La historia de la melancolía está en la menor armónica.

Los dedos de Ayrton se despegaron de las teclas, y regresó de nuevo el silencio, uno más pesado. Ambos fueron conscientes de que aquello había dejado de ser una historia sobre escalas y había empezado a ser la metáfora de la mayoría de sus momentos. Regresaron al sol sostenido de cada uno, al detalle nimio que los había hecho conocerse, encontrarse, despedirse, regresar.

Ninguno lo mencionó.

—Tu madre se equivocaba —repuso Ayrton tras unos momentos.
—¿Qué?
—El idioma. No creo que todo el mundo lo entienda —añadió—. Al menos no de la forma en que tú lo haces.

Ella se rió, dirigiéndole de nuevo aquella mirada a juego con el tono que tan poco le gustaba; ese con el que fingía saberlo todo.
—¿Es que existe algún idioma en el que la gente no entienda lo que quiere entender?

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