Diez segundos. Ha estado calculando cuánto tiempo tarda en abrirse la puerta de las emociones cuando piensa en algún recuerdo de Eris. El sonido de las ruedas contra el asfalto, del viento chocando contra las ventanas del autobús, le ha permitido alcanzar una concentración de la que normalmente no goza. Deja caer los párpados, y en apenas unos instantes consigue esbozar el pasado como si se tratara del día anterior. Se recrea en cada detalle, en cada gesto nimio; dibuja con pinceladas generales el lugar que les rodeaba, el humor del viento de aquel día, la forma en que hacía que los mechones cobrizos enmarcaran su rostro mientras le decía adiós con la mirada…

Y en ese momento siempre aparecen. Lleva unos días realizando un duro ejercicio mental para no permitirles el paso, para encerrarlas fuera de su burbuja, pero cada vez le resulta una tarea más complicada. Un incómodo peso se instala entre sus costillas, como enclavado, y discernir su naturaleza le resulta tan complicado como adivinar un sabor al masticar vacío. Sus pensamientos se enlazan entonces de manera confusa, pisándose unos a otros, y todo aquello termina siempre con él planteándose decisiones que no quiere tomar.

En ese punto, su cerebro comienza a tenderle una trampa tras otra. Cuando abre la veda de los recuerdos le resulta imposible no continuar con el hilo temporal, no seguir pensando en lo que sucedió, en lo que sucederá, si deja que todo ello crezca como debería.

Se remueve en el asiento, incómodo, mientras sus pupilas viajan, clavadas en la ventana, de coche en coche.

“Maldita Eris”, piensa. “Me conoces demasiado bien. Sabías que te pensaría. Sabías que lo entendería.”

El recorrido por los condicionales siempre termina en ese punto. Regresa a aquellas palabras de la chica, al momento en que le pidió lo único que no podía cumplir.

“Lo uno significa lo otro”, se dice. “Pensarte es pensarnos. Y pensarnos… pensarnos es demasiado complicado. Todo es demasiado y demasiado poco. Nada es real, pero existe con intensidad.”

Antes de subir a aquel autobús se había imaginado qué le diría de haber aparecido en la estación. Tenía aquella vana certeza de que lo haría, aquella sensación de que las cosas no se podían quedar de esa forma. Pero se equivocó. En el momento en que pisó el primer escalón del autobús, su mirada no tropezó de nuevo con el pasado ni con el posible, y siguió adelante.

“Me habría encantado añadir esa locura a la lista”, piensa; un deje de sonrisa haciéndose paso a través de sus labios.

La gran ciudad se empieza a ver a lo lejos. Los edificios recortan el cielo nublado como si alguien los hubiera pegado en una postal después de hacer una foto al paisaje. El peso de la realidad vuelve a caer sobre Ayrton Hass. Todo recuerdo se esfuma, la puerta a emociones pasadas queda sellada de nuevo, y en sus labios sólo queda el cadáver frío de aquella última sonrisa. El recuerdo más rezagado, aquella mirada de despedida, pasa por el umbral dejando un regusto agridulce que aún le pesa un poco en la conciencia.

Se concentra en pensar en Samara; se fuerza a extrañar su compañía, a aferrarse a aquellos recuerdos que se agolpan con velocidad delante de aquellas puertas que no quiere volver a ver abiertas.

Pasan los minutos y consigue serenarse. Recoge sus maletas para bajar del autobús y adentrarse en aquella estación desconocida, y entonces la cuenta atrás se inicia de nuevo.

Diez.

–Eh, Ayrton Hass –La voz. Nueve. Las trampas de su cerebro comienzan de nuevo–. ¿Esperabas a alguien?
 
Ocho.

Se da la vuelta, un silencio sepulcral envolviéndole. Los recuerdos golpean de nuevo la puerta. Siete. Se queda observándola, sus labios sellados para evitar pronunciar palabra. Seis. El mundo parece haber encogido, y de repente cualquier detalle exterior carece de importancia. Sólo tiene que concentrarse en no abrir esa puerta una vez más. Cinco. Las despedidas se agolpan en su cabeza. La ve marcharse. Cuatro. La ve regresar.

Tres.

–No sabía que vendrías –murmura.

Dos.

Sonríe. Como aquella vez. La sonrisa baila en sus labios de la misma forma, apocada y resuelta a partes iguales. Pura contradicción.

“Mentí.”

Uno.

Se escucha el estallido en su interior. El muro que con tal ahínco había trabajado en construir se desmorona de un plumazo.

Las certezas regresan.

Mira de nuevo sus ojos, pozos profundos de un otoño naciente, como el cielo del verano a punto de perecer en su sueño. Los recuerdos se dibujan en sus pupilas como una película antigua. Observa en silencio lo que podría ser, como quien contempla un tren que pasa a toda velocidad mientras espera en el andén, viéndose reflejado en las ventanas.

Se deja atrapar; y entiende, tácitamente, que Eris y sus ojos avellana siempre le harán regresar a ese punto. Que allí, con su mirada clavada en la piel, muy hondo, bien podría subirse a aquel tren de destino desconocido y no volver nunca la mirada atrás. 

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