Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Eris visitó Vonn. La ciudad se erigió bajo su piel mucho antes de que volviera a clavar los ojos avellana en el contraste de aquellos edificios altos y barrios de calles estrechas, en el ir y venir apresurado de los que vivían cada segundo acompasado con la solemne quietud de sentir que, en el recorrer esas calles, la eternidad parecía estar más cerca.

Hacía mucho tiempo desde aquella última vez. Lo había dejado todo atrás para instalarse en la inmensa ciudad de techos tan altos, en la que tocar el cielo parecía sencillo, pero ascender a la cumbre era una tarea peligrosa. Le gustaba la Vonn de los suburbios, aquella ciudad infinita en la que siempre había algún detalle nuevo que apreciar; la Vonn del cielo azul y de las tormentas infernales; la ciudad del cambio, de la diversidad.

No podía soportar volver a la Vonn de Ayrton; a aquella ciudad donde habían acontecido todas esas situaciones que sólo habían tenido lugar en su cabeza. No era sencillo regresar a los escenarios de aquel subjuntivo, y menos aun cuando la Vonn de Ayrton y la de Satza se solapaban en tantos aspectos.

Cuando el tren se detuvo, permaneció unos segundos observando el reflejo de su mirada en el cristal. El miedo parecía un fantasma que engullía sus pupilas; dos gotas negras en aquel vasto mar de dudas.

Se recompuso lo suficiente como para hacerse con su maleta y bajar al andén. El traqueteo de las ruedas deslizándose por el suelo la hizo sonreír: Aquel sonido la embargaba de una sensación de reencuentro, aunque también de despedida.  A su alrededor, la gente se abrazaba y se reía, y en ese instante volvió a comprender por qué admiraba el poder y la magia de aquellos sitios.  

Le hizo falta esperar unos minutos hasta dar por fin con Satza (ella la conocía lo suficiente como para saber que llegaría tarde). Siempre que sucedía aquello se recordaba a sí misma: “Eh, por esto deben de decir que lo bueno se hace esperar”.

Aquel día no había acompañantes; estaban ellas dos y aquella ciudad, y aquellos recuerdos. Se sonrieron sin pensar, en un reflejo de muchos años, y el abrazo que siguió a todo ello volvió a acercarlas como si nunca se hubiesen separado.

La ciudad se calló un instante, y ambas adivinaron sin palabras lo que estaba pasando por la cabeza de la otra. Continuó el silencio.

Feliz cumpleaños dijo Eris, un deje de sonrisa apenas dibujándose en sus labios.

Satza le sonrió, y, dándole las gracias, se apresuró a cargar con su maleta, como siempre hacía. Eris pensó en lo metafórico de todo aquello, en la facilidad y la soltura con la que Satza llevaba el peso de los demás y les hacía un poco más sencillo el camino. Pensó en lo difícil de encontrar no sólo alguien con quien compartir tus cargas, lo pesado de recuerdos que habían naufragado, sino que se ofreciera a avanzar para liberarte por un tiempo de aquellos obstáculos.

Aquella vez no se negó. Rodeó a su amiga para colocarse al otro lado de la maleta, y cuando la sostuvieron entre ambas, el dolor, los recuerdos, y aquel pasado andante que era la ciudad, empezaron a pesar un poco menos. 


(Dicen que cuando haces un regalo tienes que dar lo mejor de ti. 
Al menos eso digo yo. 
No sé si alguien considera que unas pocas palabras escritas sean un buen regalo. 
Para mí son más difíciles de dar que cualquier cosa que pueda comprar con dinero. 
Así que allá va: estas son todas tuyas. 

Felices 19, Laura). 

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