Fuiste el día más grande y más triste de mi vida. Y digo fuiste porque aquel día fue pensarte. También lo puedo decir así: Fuiste, el día más grande y más triste de mi vida. Los enemigos de las comas nunca me entenderán, pero colocar esa pausa es como respirarte al tiempo adecuado: decisivo. Y fuiste, así, con coma, porque así eras. Porque fuiste y era suficiente. Porque fuiste, y esta vez no es sólo el día más grande y más triste de mi vida, sino el verbo ser en su plenitud. Malas lenguas inventaron aquello de regir atributo, si la forma más pura de usar un verbo que en tantas bocas ha estado es siendo sin más.

¿Entiendes que si te digo “somos” no quiero ni necesito decirte el qué? Somos sin más, y hasta el sin más me parece redundar en lo evidente. Ser el ser siendo nada más que eso; que, en realidad, y para quien me entienda, es todo y más que suficiente.

Y yo que había venido a definirnos. ¿Cómo sigo? Diría que no somos nada, que en realidad es ser todo, que realmente vuelve a ser nada; y así hasta el infinito, como dos espejos que al reflejarse se hunden el uno en el otro.  ¿Y si empiezo diciendo que tú me mirabas así? Quizás sería un buen inicio para un poema escrito en una servilleta: “Infinitos como dos espejos mirándose el uno al otro”. Empiezas a entender por qué no me gusta, ¿verdad? Decir que somos infinitos es menos infinito que decir que somos.

Así es cuando te pienso: somos todo lo que hemos sido al mismo tiempo, pero no somos nada al son, aunque en cierto modo seas porque te pienso.  Y supongo que es ahí donde quiero llegar con todo esto: Cualquier mujer te diría “quiéreme”, pero yo no te voy a pedir tan poco. En su lugar, te digo: “piénsame”. 

Y hazme ser.

(Escucho tu silencio. 
Oigo constelaciones: 
existes
creo en ti
eres
me basta.) 

Gracias a Ángel González y a sus versos de "Me basta así" por inspirarme hoy.
(Y también a ti: por ser)

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