La niña se agarró a los hombros de su abuelo, a pesar de que sabía que no hacía falta, que no la iba a soltar. Tenía esa clase de seguridad y de confianza que se consigue con apenas un par de personas en toda la vida, pero que los niños deciden repartir a diestro y siniestro, pues la mayoría aún no conoce el término decepción en su totalidad.

Caminaron en silencio de regreso a su hogar, un amplio caserón blanco y agrietado, con aspecto de haber salido segundos atrás de una fotografía campestre.

Las manos del anciano temblaron al coger la llave, resistiéndose durante varios segundos a abrir la puerta, ante la mirada inconsciente de su nieta, que, en esas ocasiones, siempre le susurraba “no te pongas nervioso, abuelo”.

—Espérame en la cocina —le dijo cuando entraron—. Voy a ver cómo está tu abuela.

Eris obedeció, volviendo a poner los pies en tierra para caminar, con pasitos cortos, como siempre, hacia la cocina. A ella también le gustaba ir a ver cómo estaba su abuela, antes, cuando no la regañaba por regresar con heridas en la piel. No le gustaba que cada vez que volviesen le recordara que tenía que tener más cuidado, que tenía que estar más atenta; como si fuera un juguete de porcelana que se rompe. Ella nunca sería de porcelana, nunca se haría añicos con un solo golpe. Si tuviera que elegir, escogería ser de goma; flexible, abierta al cambio, magullada: pero muy difícil de romper.

Se sentó en la silla de la cocina, balanceando las piernas, distraída, hasta que su abuelo atravesó la puerta. Tenía esa cara que ponía siempre que iba a ver a su abuela: como si acabara de despertar de un sueño muy largo. Cuando Eris le preguntaba si estaba bien, el sí de su abuelo era cada día más apagado, y su sonrisa, aunque más amplia, parecía estar cosida en falsas esperanzas.

—Vamos a lavarte esa herida y a ponerle un poco de hielo para que se deshinche, ¿de acuerdo? —le dijo su abuelo.
—Mamá dice que no hay que dejar el hielo puesto durante demasiado rato —replicó ella, asintiendo pese a todo con la cabeza—. Que el hielo quema. ¿Es verdad eso, abuelo? ¿Cómo va a quemar un hielo?

Él volvió a sonreír, apenas un deje, mientras envolvía un par de cubos de hielo en un trapo.
—Tu madre es muy lista —añadió—. Claro que el hielo quema, Eris. Y embauca. Te alivia durante un tiempo, sí, es cierto. El dolor desaparece. Todo pesa un poco menos. Pero si te acostumbras, si te olvidas de que lo tienes encima, toda tu piel se sumerge en un sueño. Y quema, claro que quema. Quema en silencio.

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