Había cadenas en la entrada al paraíso.  

"Le rezan a un dios restrictivo”, pensó Eris, mientras sus dedos desenlazaban con torpeza las lenguas de hierro que rodeaban la puerta del cementerio. Sus pasos resonaban con fuerza sobre el eco de pasados enterrados, y el camino hasta aquel fragmento de piedra al que su familia solía ir a rezar le pareció eterno. 

Se sentó en el granito, observando con ojos vacíos el nombre de su abuelo tallado en la piedra. “Sólo son huesos”, pensó, “No le queda nada de humanidad. No le queda nada de vida. No le quedan oídos para escuchar ninguna de mis palabras”.

Es piedra, es polvo, es muerte.

No tardó demasiado en comprender que no encontraría nada del anciano que había conocido entre aquellas rocas frías.  En ese momento, cualquier otra distancia con los vivos le pareció insignificante; entendió que había distancias mucho más abismales que las que le habían podido preocupar hasta entonces. 

Sus pasos la recondujeron de nuevo hacia la salida. Encadenó nuevamente la puerta de entrada, y en ese momento recordó a su madre diciéndole lo mucho que veía a su abuelo cuando los trigales comenzaban a escalar hacia el cielo en verano. 

Una sonrisa se dibujó en sus facciones al entender que no le había olvidado durante todo ese tiempo. 

Jamás le rezaría a las piedras, a la tierra muerta, a las cenizas. Rezaría a los trigales, a su sonrisa. A lo que había hecho de ella. Le rezaría a su recuerdo.

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