Había muchos recuerdos desparramados por el suelo de mármol. Recuerdos en papel, en sonrisas plasmadas en instantes capturados con tal precisión que parecía que de un momento a otro la memoria seguiría su curso y los ojos que miraban al objetivo avanzarían hasta las cenizas.

No parecía ser aquella la intención de Eris. Cuando Jonah cruzó el umbral de la puerta, la mitad de recuerdos estaban truncados por las manos enemigas de la chica, que se había dejado poseer por sus instintos más primarios y estaba en el suelo, viva -que no muerta, porque se la veía más presente que nunca- de rabia, rompiendo en pedazos todo resquicio de aquellos momentos que algún día le habían hecho sonreír.

Ni siquiera se percató de su entrada. Era como una niña asustada que pugnaba con los ojos vendados contra algo que en realidad llevaba en su interior. Como el mismo sol luchando contra el calor, como el hielo tratando de no helar, de no quemar.

No fue hasta que no dejó caer su mano sobre el hombro de su amiga cuando descubrió las lágrimas que surcaban sus mejillas. Las reconoció al instante. No eran ríos de tristeza, aquellos que dejas escapar hacia el mar casi sin querer, como con miedo de que regresen. Era una verdadera tormenta; era rabia embotellada en aquellas gotas que seguían los cauces de siempre, los de toda una vida.

No dijo ni una sola palabra; sólo esperó. Rozó su brazo con los dedos, en silencio, sentándose sin pronunciar palabra junto a ella, mientras observaba como, una tras otra, todas aquellas fotos, pedazo a pedazo, se iban perdiendo en el suelo, en el olvido.

El silencio fue suficiente.

—¿Cómo se puede odiar tanto a alguien a quien has querido, Jonah? –preguntó Eris, dibujando con las manos en sus mejillas el recorrido que habían seguido sus lágrimas a la inversa; y de pronto, la calma—. ¿Cómo es posible?
—Eres como una balanza mal equilibrada, Eris –resolvió él, con la sinceridad de quien sabe que sus palabras no serán desoídas ni malinterpretadas—. Nunca estás en línea recta con lo que te rodea. Das demasiado o demasiado poco, y terminas por tratar de devolver el exceso o el defecto de lo que ocurre.
—No lo entiendes –siseó ella, la rabia impregnada en su voz, tan fragmentada como las imágenes que se empeñaba en destruir—. Le odio, Jonah. Le odio. Quiero que no sea feliz, quiero que le sucedan cosas horribles. Quiero ver cómo se desmorona… cómo se rompe. Quiero que se haga añicos.

Él la miró, de nuevo haciéndose el silencio entre ambos. Sabía que sólo se lo diría a él, que con los demás se pondría una máscara para fingir que todo iba bien; que podía recomponerse sin ayuda.

—Te asusto –añadió ella ante el silencio—. Te asusto.
— Me asustas –reconoció, mirándola frente a frente, hundiéndose en sus ojos sin temer encontrar en ellos ningún monstruo—. Me asustas como un erizo que saca las púas cuando tiene miedo. Ya basta, Eris. Ya basta de querer, de odiar. Ya basta.

Un tercer silencio los rodeó como un manto de oscuridad después de un día de claridad transparente. Eris se apoyó en el hombro de Jonah, y después, se rindió. 

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