El blanco de las paredes comenzaba a confluir lentamente con sus pensamientos. En las peores noches en aquel edificio impersonal, Cay Taker olvidaba quién era. La imagen que proyectaba el espejo sólo le permitía ver, en los surcos profundos bajo sus ojos, que había existido antes de aquel ahora. Su piel parecía la de un extraño, sus ojos le devolvían una mirada que no conocía.

Y el pasado cambiaba constantemente.

No sabía si él pasaba por los días o los días pasaban por él; y, por no saber, no sabía siquiera si había algo a lo que llamar tiempo. ¿Era su sueño un recuerdo, o su recuerdo un sueño? La realidad se fragmentaba en pedazos con cada segundo que pasaba. O que no pasaba.

Dime, Cay, ¿quién eres?
Nadie. Nada. ¿Qué soy? ¿Qué soy, sin recuerdos, sin realidad? ¿Existo? ¿Soy?
Dímelo tú. ¿Existe la realidad? ¿Existe alguno de nosotros más allá de nuestros pensamientos? ¿Existe nuestro cuerpo, nuestra identidad? ¿O todo es una ilusión? ¿Vemos todos lo que queremos ver en un ente inerte que nos engaña?
Existo ahora. Pero el ayer es un espejismo.
¿Qué ves de ti ayer?
Nada. ¿Cómo sé que mis recuerdos no me engañan? ¿Cómo sé que no me miento?
No lo sé. ¿Cómo lo sabes?

Esa era siempre la última pregunta. Después de formularla, la psiquiatra esperaba unos minutos y observaba si había variaciones. Para ella sí existía el ayer, pero no había progreso. Cay Taker murmuraba pensamientos inconexos. Alzaba la mirada y la perdía en algún punto de la pared contraria, mientras buscaba sin cesar algo de lo que estuviera completamente seguro. Algo con lo que no se mintiera.

La doctora se marchaba cada día más tarde, pero nunca obtenía respuesta. Al día siguiente, interrumpía aquella incoherencia de nuevo formulando la misma pregunta:

¿Quién eres, Cay Taker?

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