Cuando entró en la casa, la mujer le ordenó esperar en las escaleras. Estaban repletas de motas de polvo; al igual que el resto del lugar, y emitían crujidos quedos ante el mínimo movimiento. Hacia arriba no había más que oscuridad; la ensortijada escalera continuaba enredándose en un abrazo con las paredes de la posada hasta donde la vista alcanzaba.

Randia regresó poco después con una taza entre las manos.
—Bébete esto —le dijo, tendiéndosela con un ímpetu impropio de una edad tan avanzada—. Te hará bien. Ha sido un largo camino.

Leto enroscó los dedos alrededor de la taza, notando al instante el calor que desprendía. Su rostro enseguida se vio envuelto en el apagado humo que surgía del líquido parduzco de su interior.

Dio un sorbo, apartándose al instante. Se había quemado la lengua.
—Está ardiendo —replicó, dejando la taza a un lado.
—Como todo aquí, hija —alegó Randia, dejando esapar un suspiro resignado. Leto no entendió entonces qué significaba aquella afirmación—. ¿Has venido a ver la danza del olvido? —aventuró, mientras iba encendiendo una a una las velas del recibidor. La estancia se empapó de aquella luz enfermiza, casi demencial, mientras a lo lejos la hoguera crepitaba en una canción susurrante. La música de las llamas.

—He venido a participar —confesó Leto.

Había escuchado acerca de su existencia meses atrás, mientras vagabundeaba por los olvidados suburbios de la ciudad, buscando una hogaza de pan que pudiera llevarse a la boca.

<< La desesperación ha de consumirte para mover tu cuerpo al son de esa música infernal >>, le había explicado aquel buen hombre, entre susurros, mientras alimentaba a un par de esmirriados gatos callejeros. << Todos los participantes viven -le había dicho-, pero nadie sobrevive >>.

Nunca había alcanzado a comprender del todo esas palabras. ¿Vivir, sin sobrevivir? ¿Era eso posible?

—Eres demasiado joven para formar parte de eso —respondió Randia, de pronto alarmada—. ¿Qué hay de terrible en tu pasado para que quieras olvidarlo con tanto ahínco, muchacha?

Leto se incorporó, mirando a la mujer en silencio. Tenía la respuesta en la garganta, pero se negaba salir de ahí. Permaneció contemplando una de las velas, rozando las llamas con los dedos, nunca durante el tiempo suficiente como para que le quemara el contacto.
—No hay nada terrible —alegó, esbozando una sonrisa melancólica—. Y es precisamente eso. Jamás encontraré nada que eclipse esos recuerdos —El pensar en ello la obligó a dejar escapar un suspiro ahogado. La llama de la vela se apagó—. Es como si hubiera visto pasar lo mejor de mi vida sin estar lo suficientemente atenta como para sentirlo.  

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