— ¿Por qué hacemos eso, Ayrton? —A pesar de pronunciar su nombre, la pregunta iba dirigida al pesado aire que la rodeaba—. ¿Por qué nos aferramos a la gente como si nos hubiesen arrancado un trozo del alma a mordiscos?

El silencio le proporcionó su respuesta al otro lado de la línea. Sus manos se aferraron con mayor fuerza al auricular del teléfono, como queriendo así atrapar su voz, atrapar el eco de sus palabras. De nada servía; resultaba tan productivo como cerrar el puño para intentar apresar el humo. "Estamos ahí, estamos ahí”, se dijo a sí misma, sintiendo el sabor agridulce de las lágrimas cuando éstas siguieron los cauces ya conocidos de sus mejillas. “Nos veo. Nos veo, como al humo. Y soy incapaz de atraparnos en algo coherente. En algo. En algo.”

Caminó hacia su habitación. En su mente comenzaron a proyectarse las imágenes de siempre: Él colgaba el teléfono. Suspiraba. El pasado se reflejaba durante una décima de segundo en el fondo de sus pupilas. Y así, tan pronto como había llegado ese suspiro de melancolía, se esfumaba; como una mera doblez en papel arrugado. La vida de Ayrton proseguía tras la llamada, sus segundos se iban pisando unos a otros, como el caminar hacia abajo en una rampa inclinada; cada vez con más y más velocidad, cada vez más y más lejos. Mientras tanto, Eris avanzaba topándose con obstáculos que únicamente ella veía, dando vueltas, caminando en círculos, tratando desesperadamente de chocarse con algo y colisionar, sólo para deshacer ese rumbo sin sentido en el que ahora se había convertido su vida.

<< ¿Sabes? Hace tiempo, cuando jugaba, y estaba solo frente al aro... >>, le había dicho Ayrton, no mucho tiempo atrás, <<bastaba con que alguien me dijera “es tuya”, o sólo con que yo pensara que todo el mundo daba por hecho que estaba dentro, para que la fallara >>.

—Y todo el mundo lo creyó, ¿verdad, Ayrton? —susurro para sus adentros, rememorando aquella lejana conversación mientras rebuscaba entre cajas viejas; entre cajas viejas, lágrimas y recuerdos. “Todo el mundo nos creyó a nosotros; todo el mundo nos vio, como se ve al humo; como se ve aquello que no se puede embotellar en frascos de realidad”.

El cuaderno cayó en sus manos como había caído años atrás; y le pareció increíble que toda esa masa de recuerdos ni siquiera pesara entre sus dedos. Lo leyó durante horas, como se leen los buenos libros: haciendo desaparecer al resto del mundo. El teléfono sonó varias veces, pero Eris, sentada en el suelo, sólo tenía ojos para las letras que ella misma había escrito. Siempre había sido consciente de que nunca leería sólo palabras, de que en cada trazo había mucho más de ella de lo que le gustaría admitir. Recordó las palabras que Jonah le había dicho el día que comenzó el cuaderno: << Escríbelo, Eris. Escríbelo. Hasta que las palabras duelan tanto como los recuerdos de tu cabeza, hasta que sean aguijones de realidad. Hasta que te permitan dejarlo ir por fin>>. Se rió para sus adentros. “Jonah, eres un iluso. Y yo lo soy más por llegar a creer que se iría con el rasgar del bolígrafo sobre el papel”, se dijo.

Pasó las páginas tan rápido como habían pasado todos esos años para ella, hasta que una de sus frases le llamó la atención:

"Y cuando reúna el valor, lo recomponga de todos estos pedazos de mí, algún día escribiré palabras que versarán sobre lo que siempre quisiste a hacer y nunca hiciste. Sobre tus fragmentos, esos rebeldes pedazos de ti, los de tu valor, los que se esfumaron como polvo en la tierra."

Decidió que ese “algún día” de hacía años se refería a entonces, y volvió a intentar que el rasgar del bolígrafo sobre el papel hiciera que todo aquello pesara un poco menos.

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