Fue precisamente ese tránsito monótono de las horas el que la acompañó durante los días siguientes. El silencio tenía música propia la semana anterior a la Danza. El pueblo en su totalidad aguantaba la respiración, y sólo los oídos atentos escuchaban, de vez en cuando, el tic-tac rítmico de aquellos corazones que se iban a rendir a las llamas.

Corría el rumor de que la semana del Silencio era un regalo para aquellos que deseaban que las llamas consumiesen la totalidad de sus recuerdos; que había quien los pensaba con intensidad, los condensaba durante ese período de tiempo para que el fuego los devorase con más avidez.

Leto se permitió revivir parte de su pasado, llegando a dejar que su piel sintiese por última vez todos aquellos recuerdos que quería hacer desaparecer. Se rindió a sensaciones que se había prometido no volver a revivir, y pensó en Dayo; en cómo se lo habían llevado. El desaliento la invadió de pies a cabeza: no podía soportar la idea de volver a verlo únicamente en su recuerdo. De olvidar, poco a poco, todos aquellos detalles que aún recordaba. ¿Qué sucedería cuando olvidara su voz, o su tacto? Ya había empezado a resultar difícil traer de vuelta ciertos momentos; se desvanecían en su mente como cenizas entre los dedos. Sus facciones desaparecían, difuminándose por momentos, y la lejanía del recuerdo empezaba a hacerla considerar si había sido real. ¿Y si su propia mente había empezado a engañarla? ¿Y si los Susurrantes la habían hecho volverse loca?

Su mente la torturaba con sueños cada vez más vívidos y reales.
Por favor”, susurró Dayo en su oído la última noche, apareciendo entre las sombras de un sueño confuso. En sus ojos se reflejaba el color de las llamas. Al principio sus rostro se empapó con aquella luz febril, anaranjada, que poco a poco se fue oscureciendo más y más rápido; hasta llegar a convertirse en un reflejo carmesí. Como el de la sangre.

Y después, el negro lo devoró.

Escogió un vestido blanco para el día de la Danza. Salió de la casa temprano, al alba, sin despedirse de Randia: de todas formas después ni siquiera la recordaría. La hoguera estaría encendida todo el día, cada vez más y más alta; alimentándose de cada recuerdo. Vislumbró la columna de llamas mucho antes de llegar a la plaza, y por un momento quiso echarse atrás; dar media vuelta y vivir como lo había hecho hasta ahora: intentando olvidar. Sin embargo, una agolmeración de gente a su espalda la obligó a seguir adelante.

Le ataron en lazo rojo cuando llegó a las proximidades de la pira, y en ese momento supo que ya no había vuelta atrás. Una vez anudaban el lazo a tu muñeca, sólo quedaba por recorrer el camino hacia las llamas. La Danza consistía en moverse al ritmo del crepitar, en círculos concéntricos cada vez más diminutos, hasta que el fuego te alcanzaba, y, entonces, vivías sin sobrevivir.

Describió los primeros círculos sin contratiempos, observando en silencio como renacía la gente que circulaba delante de ella. Cuando el agobiante burbujeo de las llamas comenzó a hacerle cosquillas en la piel, la chica que tenía delante se intentó revolver, inquieta, cometiendo el error de tratar de dar marcha atrás. El lazo le apresó con más fuerza la muñeca. Cuanto más se revolvía, más cerca estaba de la hoguera y más lejos de sí misma. Ni siquiera sus lágrimas sirvieron para extinguir su destino: las llamas se la tragaron.

Leto no alcanzó a ver cómo renacía. Acababa de entrar en aquel infierno de llamas. Las columnas de fuego le abrazaban la piel con suavidad, y pensó que nada había de malo en un renacer tan dulce y benevolente como aquel. Sin embargo, el horror llegó pronto: la luz de las llamas le cegó por un momento, y cuando volvió a abrir los ojos las sombras que proyectaba le impedían avanzar. Algunas se abrazaban a sus pies, y otras se aferraban a sus piernas con fuerza. Se intentó desasir, sin éxito, comprendiendo vagamente que si no salía pronto de allí, moriría.

Una de las sombras se elevó sobre las demás, alzándose para terminar por tomar forma propia: ante ella estaba una versión grotesca del chico con el que había crecido, de Dayo. Trató de avanzar hacia el final del pasillo de llamas, pero la mirada de aquella sombra mantuvo sus pies clavados en el suelo como estacas. ¿Podía, de verdad, ser él?

Le observó durante unos instantes, presa del pánico. Le cogió del brazo y trató de llevárselo con ella, de avanzar juntos, pero entendió que aquello no era posible.

Es lo único que queda de él. Lo único que quedará siempre”, se dijo. Su recuerdo. Cerró los ojos, y su brazo tembló en un atisbo de duda cuando lo empujó hacia el fuego.

Cuando continuó avanzando entre las dos inmensas lenguas de fuego, una única pregunta asaltó su mente:

¿De qué color son las llamas, Leto?"

Y con la claridad del Renacer, se respondió:

"Blancas. Como la nada.”  

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