Éramos indestructibles. Invencibles. Inquebrantables. ¿Y sabes qué, cielo? Eso nos mató. Yo necesitaba hacerme pedazos, sentir que avanzaba al reconstruir los fragmentos que aún guardaba conmigo. 

Nunca quise esto, Jonah. Quería la clase de perfección de los errores, de los desastres. La perfección de lo imperfecto. Anhelaba esa sensación producida al juntar dos cuerpos, dos almas con aristas y ver cómo encajaban, cómo se amoldaba cada pieza a su compañera. No hay misterio en el choque de dos superficies lisas, sin arrugas. Paralelas. Quién me iba a decir que vería el final del camino en tu piel, en aquellos cuadros cristalinos, tan transparentes para mis ojos y tan opacos para quien ve con ojos que miran y no con aquellos que sienten. Y dime, ¿cómo no encontrarme a mí misma en mi reflejo, en una canción que suena al son que la que canto cada día? 

Ese siempre fue mi problema; no saber qué historia contar. Podría haber escrito mil para ti, para nosotros, pero decidí que nos conformásemos con esta pequeñez que llamamos realidad. Y así fue como me cerré a todo el mundo que ve el alma, al que ve el corazón; así fue como nos dejamos de ver más allá de lo que éramos cada día, de lo que habíamos sido siempre. De lo que nunca fuimos en realidad. 

Desafortunada expresión, ¿verdad, Jonah? Porque nunca somos en realidad lo que somos realmente. 

Etiquetas: