Las pupilas de Jonah parpadearon fantasías cuando Satza irrumpió sin previo aviso en la habitación. La luz que las cortinas dejaban pasar centelleaba formando figuras curiosas en la piel morena de su rostro, y fue ese el momento en que el chico creyó tener la mejor idea de toda su vida.

Las paredes que les rodeaban estaban pintadas irregularmente, y se podían distinguir varios esbozos de pinturas en ellas, todas sin marco, todas sin orden. Todo era un continuo entramado de dibujos, y había quien era capaz de narrar la historia que contaban con sólo mirarlos.

La mente ordenada de Satza, no obstante, sólo veía demasiado color arropándola. Sentía que, de algún modo, aquel entorno la empujaba a salirse de sus patrones y rendirse a sus impulsos, a rebelarse contra todas aquellas normas de conducta que desde siempre le habían sido impuestas. Sin embargo, eran precisamente sus más innatos pensamientos los que la hacían querer cubrir las paredes de un blanco impoluto para poder discernir con claridad.

—¿No decías que sólo considerabas artista a aquel capaz de retratar vacíos? —interrogó la chica, deteniéndose en el umbral de la puerta, brazos cruzados bajo el pecho—. Aquí no te queda espacio que vaciar.

Él avanzó hacia la entrada, pincel en mano, con ambos brazos enguantados en borrones de diferentes colores y lineas difusas que parecían no dirigirse hacia ninguna parte. Alzó la brocha a la altura del rostro de Satza, esbozando una sonrisa vehemente antes de tintar su mejilla de rojo.
—También a quien es capaz de llenarlos.

Ella arrugó la frente, llevándose inconscientemente una mano a la piel pintada y manchándose las yemas de los dedos en el proceso.
A veces la incomodidad de la chica en su presencia era tal que Jonah podía incluso notarla en la forma en que fruncía el ceño o se mordía el interior de la mejilla, incapaz de estarse quieta un segundo. La idea que había asaltado su mente con la entrada de Satza volvió a bullir en su interior, esta vez con más ahínco, casi obligándole a separar los labios para preguntar en un susurro:
—¿Confías en mí?

Ella le miró en silencio, tratando de adivinar sus intenciones, para segundos después asentir levemente con la cabeza.
—Decir que no te hubiese ahorrado un mal trago —bromeó el chico, enredando con suavidad sus dedos alrededor del brazo de ella y conduciéndola al interior de la estancia—. Los ojos cerrados.

Piel contra piel, caminaron hasta llegar al centro de la sala. Satza seguía aún con los ojos cerrados, aunque nerviosa. Jonah hizo descender su mano, con lentitud, con suavidad, hasta entrelazar los dedos de ambos en un liviano abrazo. Los de ella se intentaron escabullir, al principio discretamente, luego con más ahínco; pero Jonah no los soltó.

Ella se calmó, resignándose al contacto. Al principio el de piel con piel; sus dedos entrelazados, más tarde labios con piel, labios con labios, en un suave roce, apenas una caricia. Los ojos de Satza volvieron a mirar al sol, pero Jonah le susurró al oído que los dejara rendirse de nuevo a la oscuridad. Que la necesitaba lejos, casi dormida, para luego volver a despertar.

Sus dedos se enredaron en los botones de la camisa de la chica, desabrochándolos con lentitud. Satza seguía muy lejos, sobre todo de sí misma, pero agradecía la sensación, el dejarse llevar. La blusa cayó al suelo, decorado también después por el resto de prendas que, una a una, fueron desprendiéndose con reticencia de la piel de la chica.
Y después, Jonah dibujó. Dibujó en el que sería su lienzo durante el resto de su vida, en la pintura que contemplaría cuando perdiera la fe, la esperanza. Dibujó la belleza en su piel, retrató vacíos y también los llenó. Dibujó amor, soledad, desamor. Melancolía. Dibujó tristezas mal escondidas; alegrías incontenibles. Sueños cumplidos, otros que jamás alcanzarían sus manos. Esbozó recuerdos, y también olvidos.

Y no sólo dibujó el futuro: lo vio pasar ante sus ojos. Supo, entonces, que lo que más deseaba en el mundo era que el resto de sus días fueran un vívido retrato de aquellos paisajes de su piel.

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