Ojalá hubiera palabras, y no está canción que suena de eco en el fondo de nuestras vidas. Ojalá hubiera definiciones. Ser. Así. Tú. Yo. Nosotros. Nunca. 

No hay notas que abarquen las dimensiones de esta melodía, y ya no sé qué canto, ni qué quiero cantar, sólo repito esas líneas que a ti te escucho, una y otra vez, una y otra vez. No hay tónicas finales, sólo acordes que nos dan pie a regresar de nuevo al principio. Y volver a cantar. La pluma se desliza veloz por las líneas del pentagrama, casi al tiempo que nosotros cantamos las notas que acabamos de componer, que compusimos ya una vez. 

Las disonancias nos suenan ya a gloria, de tanto escucharlas. Nuestros oídos aprenden a amarlas, y no hablaré ya de nuestras almas, que han encontrado un ritmo cómodo en el resonar de dos notas que nunca estuvieron hechas para el unísono. Por no mencionar sostenidos ni bemoles; porque así lo arreglamos todo. Que un si parezca un do, que los re se hagan pasar por mi (por ti), pero nunca nada suene como nos indica la armadura. Qué corazas, ni qué muros de protección, ¿quién los necesita? 

Empiezo a acordarme de que esta melodía me suena familiar, de que mi subconsciente ya la sabe tararear sin que yo se lo ordene. Intento dormir. Allí están las notas. En el techo, en la pared, en las entrañas de esa oscuridad que me envuelve. Cierro los ojos y en la propia negrura de mis párpados encuentro las mismas notas, encuentro el mismo cantar. 

Mudo. 

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