Y se ha acabado, sí. Lo ha hecho. No de la forma brusca en la que yo pretendía, sino de un modo mucho más natural, mucho más sano, como el de un río que termina desembocando por fin en su mar. Ah, el río. Cuánto amábamos las cascadas sin sentido, los retornos hacia las montañas para luego volver a caer rendidos en sus aguas, siempre las mismas, siempre distintas.

 Sin embargo, aún quedan esas ganas de continuar navegando por caminos dulces, de luchar contracorriente por retomar el rumbo previo.

Racionalmente, claro, sé que eso ya no es posible. Que mi barco ya no cabe por aguas pasadas, que el mar es amplio y lleno de sorpresas. Que allí puedo ver el horizonte de mis pensamientos, el atardecer de las noches vacías, día tras día, sin tener que preocuparme por zonas de valle y colinas que me impidan ver el sol, y las nubes. Porque cayeron tormentas, rayos, truenos; todo sin avisar, llovieron también demasiadas lágrimas inesperadas. Y ahora, ante mí, un inmenso desierto de sal y de posibilidades.

Desierto, el mar, ¿quién lo diría? Sólo aquel que es consciente de que se ahogará en la abundancia de todas aquellas cosas que no necesita, que no busca encontrar. Donde el oasis me encharcaría el corazón, y en la arena encontraría los alicientes necesarios para seguir caminando. Un desierto para cada piel, en la mía sin la tuya, en la tuya sin mí.

Hay noches en las que pienso que el ir y venir del barco es el mismo, que si cierro los ojos poco importará qué aguas navego y cuáles dejé atrás; si me ahogo en arena o en sal. Pero el sonido... ah, y el olor; el mar no alcanza. El mar se hunde en su homogeneidad, pues la hermosura de sus aguas sólo la conocerán aquellos que tengan algún interés en bucear para hallar lo que buscan en parajes submarinos.

Yo sé qué busco, y sé dónde no lo encontraré, dónde intentarlo es inútil -y duele, como mil pulmones vacíos-, me hace ser más consciente de cómo se ahoga mi respiración, se cierran mis ojos, mientras yo me rindo a la negrura de la noche, o del día, pues camino en tales profundidades que ya no lo sé. El fondo y la superficie se entremezclan; no distingo la oscuridad del eco de un aire que ya no me da para respirar. Pozos de vacío, como mis ojos, de todo y nada a la vez, y yo sólo deseo volver a mi río, donde mis pies pisan tierra firme y siempre sé en qué dirección mirar para encontrar el sol.

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