« Aún espero esa lluvia que me habías prometido, Ayrton ». Había noches en las que le resultaba imposible sacarse esa frase de la cabeza. Lluvia. Había prometido lluvia para trabajar a cambio por lágrimas.
Daba vueltas y vueltas en la cama, sin lograr nunca encontrar una posición confortable. Porque para él, lo verdaderamente cómodo habría resultado no pensar. Se limitaba a permanecer boca arriba, mirando el techo como si pudiera distraerle de la propia negrura de sus pensamientos, que se enlazaban de forma cada vez más y más estrecha; más asfixiante.

« Ah, Eris. Eso es porque no sabes lo que llueve aquí ». Cada día, cada noche. Cada segundo que pasaba sentía las gotas de lluvia caer contra su rostro, contra su corazón, contra su mente. Bombardeos. El agua llegaba a doler. A quemar. Como el tacto de un pedazo de hielo cuando está demasiado frío. Un frío que abrasaba.

« Como nosotros. Tal y como nosotros ». Fríos que quemaban. Todo contradicción. Habrían sido también fuegos que helaban de no ser porque no había posibilidad alguna de congelar ese tiempo, esa distancia entre los dos. Su fuego nunca podría congelar, porque nunca podría llegar a calentar. Alumbraba un camino que ambos querían seguir, pero no había amparo, ni cobijo; sólo luz. Sólo la luz de promesas vacías, de soles que algún día brillaron. Quizás en sus imaginaciones. Quizás en la de todos.

« Quizás no haya más que eso. Imaginaciones », se decía. « Mentiras », repetía, una y otra vez, para después contárselas en voz baja, para sí, en sus propios pensamientos, que se enredaban irremediablemente tratando de discernir qué era real, pese a que lo sabían a la perfección.

« Lluvia, lluvia y mentiras, Eris. Eso fuimos. No más que el golpeteo del agua contra el cristal empañado» Llegaron a no ver nada, ni siquiera vislumbrar su propio reflejo. Las gotas resbalaban contra el cristal, desapareciendo tan de pronto como habían llegado. Nada era perenne. Nada era sólido. No había estabilidad. Sólo lluvia, más lluvia. Una lluvia que nunca cesaba.

Todas esas noches, Ayrton se preguntaba si Eris seguiría lloviendo. Si su corazón seguiría lloviendo, sangrando, como quisiera llamarlo. Si habría podido encontrar la forma de detener ese constante golpeteo que en el suyo seguía sonando, que le daba ritmo a su ir y venir. ¿Encontraría música para acallarlo, para acompañarlo? ¿Encontraría otro ritmo, otra melodía?

Sus ojos miraban el cristal, mirando sin ver el reflejo distorsionado por la lluvia, la de dentro, la de fuera. Ambas sonaban igual. Ambas sonaban a silencio, a soledad. A pasado.

« Te prometí lluvia, Eris. Te doy un diluvio »

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