Todavía la escuchaba llorar algunas noches. No había verdaderas lágrimas, ni se palpaba el dolor. No existía más que silencio, un silencio inquebrantable. Un silencio que versaba sobre las canciones más tristes jamás escritas. Sobre fragmentos, no de corazones, sino de almas enteras; pedazos de melancolía.

No podía hacer nada más que mirar. Querer llorar, y hacerlo, pero sin llegar a conseguir lágrimas que recorrieran mis mejillas. Todas caían hacia dentro, en una cascada que te rompía cada vez más, cada vez menos, porque poco a poco iban deshaciéndose todas aquellas cosas que aún se podían quebrar.

Y cuando en una de esas noches abría los ojos, el pasado terminaba, y con él las pesadillas. Miraba hacia mi derecha y podía ver a Kenna dormida; sin lágrimas. Sin dolor. Al menos, no más del que cada uno de nosotros es capaz de aunar en una vida.

Quería creer de verdad que aquella poesía de silencio había quedado atrás para siempre, pero sabía que las pesadillas volverían tarde o temprano, para permanecer o desaparecer nuevamente. Pero siempre, siempre regresarían. Nunca sería la clase de dolor que se esfuma. Se evaporaría, nos dejaría un tiempo sin nubes, y luego retomaría el rumbo con otro chaparrón.  

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