Y aquí estoy yo, a cien millas de mi hogar, pensando que nunca lo fue. Y si así es, ¿qué me empuja a volver? ¿Qué me retiene en aquellas calles que ya no me dicen nada, en el eco de voces que alguna vez conocí? ¿Qué es lo que veo de mí en el reflejo de los edificios, en las baldosas que recorrió alguien que fui una vez? 

Hay voces que me dicen que es mi yo de entonces, que conoce historias que yo aún ignoro, o prefiero ignorar. ¿Y qué verdad me va a contar, más que la que yo ahora me creo? ¿Qué me revelará de aquellos recuerdos que yo interpreté como quise? Yo elijo qué historia cuenta cada imagen, qué acordes suenan con cada frase que pronuncio. No bailaré al son de otras canciones, de notas de épocas que ya se fueron, de calles que no conocen mi ritmo, que no saben que lo que ahora canto es demasiado grande, demasiado inmenso, como para introducirse por puertas que le quedan pequeñas. 

Así que, ¿qué me queda? Pedirle al viento que lleve a mi hogar todo aquello que yo ya no quiero, que no necesito conmigo. Y cuando le pese, susurrarle que yo lo llevé más tiempo. Quizás también le mentiré, diciéndole que nada quedará cuando llegue al destino: No habrá espacio para tantas memorias, ni habrá lugar para ellas en calles que ya no las conocen, que han vivido demasiado para recordarlas. Mi carga restante al viento, al aire, al mundo, hasta que se desvanezca con tanto ir y venir, y alguien se quede con el susurro de una canción que yo una vez canté, que cantó mi corazón, pero que ya olvidé. 

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