La luz titilante del techo le provoca una incómoda sensación de claustrofobia. La oscuridad engulle el dibujo de sus facciones rígidas, recias, en los instantes en los que el fulgor se extingue. El choque regular de sus dedos contra la mesa blanca, intercalándose a la perfección con el frenético tictac del reloj, rasga el silencio atronador que inunda la sala de paredes blancas en la que lo han recluido.

Sus ojos observan con una insistencia casi enfermiza su reflejo en el espejo de la pared contraria, buscando encontrar algo en su imagen que pueda reconocer, algo que le permita verse a sí mismo tal y como se conoce. Sin embargo, la mirada demente que le devuelven le hace dudar hasta de su propia existencia. Sabe a la perfección que no son sus pupilas las únicas que siguen cada movimiento que realiza, que hasta el más mínimo cambio en su conducta será estudiado por la docena de desconocidos que le observan en ese preciso instante. Y es que el espejo no es más que una ilusión de tantas, una trampa en la que sus sentidos le empujan a caer, una y otra vez.

No los ve, pero sabe que están ahí; detrás del cristal. Cuestionando su comportamiento. Llamándole loco. Entretejiendo una red de palabras bien escogidas que le hagan creerse la historia que han inventado para él, que le convenzan de que es la persona que todos creen que es.

El sonido de la puerta al deslizarse le obliga a despegar los ojos del cristal, y su mirada inquisitiva no tarda en clavarse en la mujer de bata blanca que se sienta frente a él.

— ¿Cómo te sientes? —pregunta, ocultando su indiferencia ante la respuesta con un tono de fingida amabilidad.

Taker permanece observando a la mujer durante largos segundos, como si de pronto los papeles hubieran cambiado y fuera él quien estudia las reacciones de los demás, quién decide qué respuestas son válidas y cuáles no; qué preguntas merecen ser contestadas y cuáles, por el contrario, no.
—Bien —contesta, no obstante, rompiendo el contacto visual con un brusco ademán que pretende ser un asentimiento que corrobore su respuesta.

— Entonces, Cay —interviene de nuevo la doctora, interponiendo el grueso cuaderno de notas entre ella y el chico—. ¿Puedes contarme lo que sucedió?

<< Su cuerpo estaba inmóvil, en el suelo. No tenía pulso. No respiraba. Estaba muerta. Estaba muerta. >>

Sus pensamientos le embotan los sentidos, hasta el punto de verse casi incapaz de silenciarlos antes de que se escapen de sus labios como el resto de las veces. Esa es la historia. Esa es la verdad.
Ella estaba muerta. Él lo vio con sus propios ojos; pudo tocar su cadáver. Alguien, de algún modo, había conseguido salvarla, la había hecho regresar, la había traído de vuelta.

Sus labios se separan, y su mente por fin cede a rendirse y aceptar esas mentiras que cuentan quién es, doblegándose a dejar que otros narren su historia. Aunque eso implique que su propia historia sea una mentira. Que él mismo sea una mentira.
—Supongo que puedo habérmelo imaginado —responde—. Puede que sólo esté en mi cabeza.

Ella parece sorprenderse. Su mirada escruta el rostro de Taker en busca de algún desliz en sus facciones que delate que está mintiendo, que pretende engañarla. Al no encontrarlo, se limita a anotar algo en su cuaderno, guardando silencio durante varios minutos.
—Eso está bien —declara seguidamente—. Aceptar que te equivocas es el primer paso para salir de aquí. 

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