Te conocí en una de esas muchas tardes de otoño en las que los recuerdos caen como las hojas de los árboles al suelo. Mis pilares, mis cimientos, mi identidad, todo caía también en un devenir constante, en un tornado que me atrapaba en mí misma y no me dejaba escapar. Me ahogaba como pez fuera del agua en el aire de mis seres pasados, de mis fantasmas, de todo aquello que había llegado a ser y había perdido por el camino.

Y quizás habría seguido así, navegando en vientos de otras épocas que no volverían, de no ser por el océano de claridad en el que de golpe me introdujiste. Al principio eran aguas turbias, desconocidas, que se hacían ajenas y difíciles de recorrer. Pronto se tornaron claras y cristalinas, familiares, confortables. Pronto pasaron a formar parte de aquello a lo que todos llamaban hogar y que yo nunca había conocido en carne propia.

Por entonces yo buscaba labios, recuerdos, personas que no me mintiesen, y me encontré con que la única verdad que en realidad quería escuchar sólo venía dada por las mentiras que salían de tu boca. No mentiras, sino historias. Historias que importan más que la realidad. Lo recuerdo. Lo recuerdo.

Hay quien asegura que nuestra propia fragilidad se encuentra en todas las cosas que queremos. Que del odio sacamos fuerza y en el amor no hallamos más que la propia destrucción. Era una guerra contra la guerra, ¿entiendes? No había vencedores. No había ni supervivientes.

Nosotros éramos demasiado fuertes, o demasiado débiles, como para morir en guerra contra guerra. Nuestro desenlace fue mucho peor. Se nos quebraron los reflejos, se nos rompió la identidad. Y en una de esas muchas tardes de otoño también te dejé de conocer.  

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