Hoy se me escapan hasta las palabras. Ya no hablo de (co)razón, que salió corriendo en el exacto momento en que tú entraste en mi vida dando un portazo. Yo siempre había creído que uno se adentra en silencio y sale haciendo mucho ruido, pero tú hacías una cosa al derechas por cada mil a las que dabas la vuelta. Y es que apareciste con aquello, portazos, ruido y tormenta. Todo caos, nada en su sitio. Mis excusas se acabaron, tus razones estallaron. Y no sé cómo de alguna forma reconstruimos algo (no más que una incoherencia) con todos esos pedazos de lo que antes habíamos sido. Porque nada que tuviera sentido podía salir de nosotros dos. Sordomuda la de música en los oídos y palabras para todo; cegado por mentiras el que buscaba la verdad en rincones en los que nunca se escondería.

Pienso en el tiempo en que me contaba mentiras para sobrevivir, y me sorprendo al darme cuenta de que hasta logré convertir horas en días, semanas en meses, meses en años. Sólo engañándome, sólo mintiéndome. Deberías temerme, Ayrton. Por todos es sabido que las más angustiosas maravillas de la humanidad las encumbran los más terroríficos pesares...

Y yo hice del dolor un arte. 

Planeo convertirnos en lo más épico que hayas imaginado jamás, en la obra de arte que todos admiran y temen en igual medida. Me diste todo lo que necesitaba en el momento en que dejamos de ser sólo dos. Dicen que tres son multitud, y ya sabemos que las multitudes son las que escriben la historia que viven los protagonistas. Tú. Yo. Y la distancia.  

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