Razones que están ahí, que ni siquiera sé. ¿Existen? Resortes que nos llevan a dondequiera que nos hallemos ahora. ¿Existen? Piezas tan diminutas del rompecabezas que no ven ni las miradas más atentas. ¿Existen? Todo se derrumba por su propio peso.

Los caminos que no escogimos son los que nos llevan a adentrarnos en los que ahora recorren nuestros cuerpos. Sendas de posibilidades que siguen en alguna parte de nosotros, en alguna bifurcación de ese recorrido principal que ahora llevamos a cabo. Callejones oscuros que nos llaman a volver, a quedarnos.
Las calles hablan y el silencio de la multitud escucha atentamente. Nos hemos visto antes, dicen las soledades cuando dan unas con otras.

Ese atronador mutismo que lo inunda todo, esas luces que parpadean al tragarse las risas que las apagan. Pasos agigantados que nos conducen a aquellos lugares en los que nada empieza nunca. Pasados constantes. Segundos que no regresan, trenes que se marchan, rostros que se desvanecen. Días que se hacen de noche cuando aún no se ha puesto el sol, otoños en los que nieva. Y nadie que me traiga de vuelta las hojas de octubre que nunca han caído.

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