Cuando le preguntaban a Eris que por qué amaba Envers, ella siempre respondía que la razón estaba en que la ciudad sabía respirar a su ritmo. Que para amar un lugar, o a una persona, es necesario componer una armonía en la que el pulso, los pensamientos y la respiración se acompasen y acoplen a la perfección. Cuando caminaba por sus calles, toda ella se sentía parte del entorno, del entramado de calles, del recorte del cielo a manos de los edificios, de las multitudes que caminaban a su lado en esa gran respiración conjunta de la ciudad.

Quizás no fuera su casa, o su hogar, pero era parte de su identidad. Las edificaciones de su pasado se erigían en el centro de toda su vida, de su ciudad, y pese a que todo ello fuera inamovible e irrevocable, parte fundamental en torno a la que giraban sus pensamientos, siempre quedaba lugar para construcciones de última hora en las afueras, con vistas al cielo y autobuses directos a revivir cualquier parte de lo pasado. 

Eris había empezado a pensar que Envers y ella funcionaban como sistemas de ondas que habían entrado en resonancia mecánica. Sus propios componentes, los pilares de su vida, encontraban semejanza en el ritmo constante de la ciudad, en su ir y venir; y no había día en que no sintiera que la amplitud de sus emociones dependía de si el tiempo acompañaba. 

Y es que hasta en eso eran todos excesos. No había día en que hiciera sol y éste se ocultara perezosamente entre las nubes; ni momento en que lloviera y no se le empapara hasta el corazón; en el que estallara una tormenta y no aparecieran con claridad las siluetas de los rayos recortando la oscuridad de todas esas noches en las que, cuando la ciudad dormía, ella aún seguía despierta. 



(¡50 ya! No será un número muy impactante, pero a mí me tiene más que contenta. Muchas gracias a todos los que seguís y comentáis)

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