Eris estaba sentada en el bordillo de su calle mientras se anudaba los patines. Aún le quedaban grandes; sus pies no se acomodaban del todo y bailaban un poco en su interior, pero podía moverse con relativa facilidad. Enroscó sus dedos alrededor de la verja que rodeaba su casa y caminó sobre las ruedas con mucho cuidado, deslizándose cuesta abajo sin soltarse en ningún momento, paso a paso, centímetro a centímetro. 

Cada vez que avanzaba, sus manos seguían aún atrapadas en el tramo anterior, ancladas en lo que acababa de superar, y tardaba unos segundos en volver a nivelarlas con el resto del cuerpo para que, instantes más tarde, a sus pies se les antojara nuevamente llevar ventaja. 

Sabía que muchas de sus amigas corrían el riesgo de lanzarse rodando cuesta abajo, con las manos al frente, preparadas para frenar si la ocasión lo requería; y mentalizadas también para paliar la caída en el caso de que se produjera. Para ella, sin embargo, eso era imposible. No sabía caerse. Era incapaz de caerse. 

Estaba a punto de abandonar la calle cuando adelantó con excesiva rapidez su pie derecho, provocando que resbalara y la hiciera desestabilizarse. Sus manos, ya preparadas, reaccionaron con celeridad, aferrándose a los barrotes y evitando así que cayera de bruces. Eris suspiró, aliviada. Desenroscó lentamente sus dedos de la verja y se situó de pie en el cruce, preparada para pasar cuando no divisara ningún automóvil. 

Sentía el zumbido de los vehículos al pasar velozmente a su lado y rasgar el aire. Era en esos momentos cuando envidiaba la inconsciencia de quienes se lanzaban al abrazo de lo desconocido sin miedo, de aquellos que obviaban las consecuencias de sus actos hasta que no se les venían encima. Para ella, las consecuencias mismas eran los actos. No obraba en función de lo que estaba a punto de hacer, sino de lo que eso supondría para ella. Priorizaba el futuro por encima del presente, y el pasado antes que cualquier tiempo venidero. Era, por un lado, sus errores en carne y hueso; por el otro, los recuerdos de lo que aún no había pasado. Los ecos de un futuro que todavía no había escuchado. 

Fue su corazón, y no su cabeza, lo que la impulsó a lanzarse a la carretera tras el veloz adelantamiento de un descapotable rojo. No tenía nada a lo que aferrarse, no había ni verjas ni paredes, y al principio se sintió extraña. Sus brazos adelantaron al resto de su cuerpo y sus pies comenzaron a deslizarse cada vez más y más rápido sobre el asfalto. El gorro que cubría su pelo castaño salió volando a mitad de camino y ella no se volvió a recogerlo, disfrutando de aquel viento, cada vez más fuerte, que envolvía sus mechones en una brisa descontrolada. Por primera vez en su vida, sintió que estaba formando parte de algo que escapa del exhaustivo control de su mente; algo irracional, impulsivo, un acto que brotaba directamente del descontrol de sus sentidos enjaulados. 

La música de los auriculares comenzó a taladrar sus oídos y durante un solo instante dejó de escuchar al resto del mundo. Cerró los ojos hasta lograr ver la negrura de sus pensamientos y fue entonces cuando sintió que se precipitaba hacia el suelo. Sus manos reaccionaron instintivamente y se interpusieron entre ella y el suelo, amortiguando el golpe. El asfalto rasgó la piel de la palma de sus manos y sus rodillas al descubierto también se resintieron. No obstante, Eris era incapaz de dejar de sonreír, porque aquel día fue el día en que descubrió que sabía correr riesgos, que podía llevarse al límite y sobrevivir en el intento. Aquel día se reconoció a sí misma después de mucho tiempo viendo a una extraña en el espejo. Aquel día entendió que sus límites no eran más que una quebradiza línea trazada por todos sus miedos; una línea que podía cruzar, e incluso superar, en los momentos más insospechados. 

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