Si lo que hemos vivido ya puede pesarnos por dentro, sacudirnos todo lo que somos, lo que hemos sido y lo que queremos ser, no hay mal mayor que que el lastre que suponen todas las decisiones que aún no hemos tomado.

Si hay algo que tú sabes hacer a la perfección es castigarte por los muchos errores que aún no has cometido. Caminas intentando borrar las huellas que vas a dejar, tratando de que el pasado no te engulla y el futuro no te ahogue; haciendo equilibrios entre todo lo que fuiste y nunca quisiste ser, y lo que quieres ser y sabes que nunca serás. El presente es una profunda grieta de la que nunca consigues salir, y, a la vez, en la que nunca has entrado. Porque tú nunca vives; viviste, morirás. Tú no amas; amaste, odiarás. 

Los recuerdos de todo aquello que nunca has vivido inundan tu cabeza como la lluvia que devuelve las aguas a su cauce cuando creemos que todo está perdido. No tomas decisiones, ellas te toman a ti. Te atan, te controlan. 

Y es que no eres más que eso, una mera esclava de los quizás que no se llevan a la práctica, de los algún día que nunca llegan. 

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