Porque te conozco, Cassie. No necesito verte para saber que ahora mismo te desenredas el pelo como intentando deshacer los nudos de tu corazón. Que tu maleta todavía reposa en el suelo, hecha, con toda tu ropa empapada de recuerdos que no quieres volver a revivir. Que miras tu mundo como si esperaras reconocer en él algo a lo que poder llamar hogar. Algo a lo que aferrarte. Algo que te indique que estás en casa de nuevo.

Sé que hoy el pasado te engulle por dentro. Te quema. Te abrasa. Sé que duele. Y que tú, simplemente, esperas a que te haga cenizas. A que te destroce por completo y puedas recomponer los trozos para formar una nueva tú. Una que te guste más. Pero también sé que aún no te has visto. Que cuando te miras al espejo sólo te observa todo lo que los demás ven en ti; que ves un reflejo erosionado y desgastado por las lágrimas que no quisiste dejar escapar. Y no hizo falta. Porque todos te vemos llorar en silencio, Case. Aunque tu cabeza te grite al oído que nada merece tus lágrimas, tu corazón es siempre más inteligente, o más estúpido, y sabe que te cuentas mentiras. Y que te las crees.

Los recuerdos que tendrás mañana en tu cabeza terminarán por vaciar por fin tu maleta. Esos que ves tan borrosos como te ves a ti misma. Los retorcerás hasta que accedan a formar parte de la historia que te inventas para sentirte mejor. Hasta que te cuenten mentiras. Hasta que te las creas.  

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