—Quieres odiarme, ¿verdad? —Fue Shay la primera en romper aquel silencio sepulcral que los envolvía a ambos, que los protegía de las palabras hirientes que los dos tenían en la punta de la lengua. Después se rió, haciendo resonar por toda la habitación una carcajada cantarina que se escapó de su garganta de forma tan natural que parecía pertenecer a una situación totalmente distinta—. Ese odio que haría cenizas todas mis palabras. Que borraría de golpe todo lo que no quieres recordar de mí, como si nunca hubiera sucedido... Pero está en tu cabeza. Estoy en tu cabeza. ¿Y sabes qué? No me quiero mover de ahí.

Despegó su pie derecho del suelo, lenta y paulatinamente, como si temiera pisar una mina al avanzar directa hacia él. Thane permaneció inmóvil, con la espalda pegada a la pared, rígido, como si Shay fuera de verdad la espada que lo inmovilizaba, como si sus palabras fueran a clavarse en él de un momento a otro.

El aire que los separaba parecía cada vez más y más pesado; más difícil de apartar. Y cuanto más tiempo permanecían manteniendo esa distancia, más complicada se hacía la tarea de resistir esos hilos invisibles que, como a marionetas, parecían obligarles a avanzar hacia el otro.
—Me gustan los desastres —declaró ella, hablando en pausados susurros—. Todo lo que estalla. Lo inexplicable, lo incontenible. Las guerras... —añadió, recortando la escasa distancia que aún los separaba para permitir un leve pero significativo contacto entre ambos—. Pero no las que piensas, sino esas guerras que tú tienes aquí dentro —Señaló el lado izquierdo de su pecho, para después trazar con el dedo índice un dibujo sobre su piel, desde el corazón hasta la frente—. Estás en un punto muerto, en tierra de nadie. Y eso no me gusta. Te toca mover. Avanza o retrocede, quémate ahora o apártate de las llamas...

Rehizo su recorrido a la inversa, retrocediendo hasta alejarse de él, mirándole desde la distancia.
— ¿Quieres odiarme, Thane? —preguntó, casi risueña, con una sonrisa angelical esbozada en sus finos labios—. Pues quiéreme. Quiéreme como nunca has querido a nadie en toda tu vida. Porque te romperé el corazón. Lo haré pedazos y te lo devolveré hecho trizas. Y entonces, me odiarás —añadió, sonriendo para sus adentros—. Me odiarás con tanta intensidad como antes me habías querido. Tal y como tú deseabas.  

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