Aliza Winebrenner era el tipo de persona que creía imposible dividir el mundo en distintos tipos diferentes de personas. Para ella no había más que un todo o nada. Cada persona tenía un pequeño cosmos en su interior, que resultaba imposible de dividir sin que perdiera parte de su esencia. Ella no era alguien de definiciones, ni de ideas fijas. Era un mechero encendido en un mundo que no era más que un cúmulo de cenizas abandonadas por todos aquellos que habían chamuscado sus vidas. Era un naufragio en la arena. Era un punto final antes de acabar una frase. Era la reina de su propio ajedrez, el as de la baraja de cartas, el personaje principal del escenario permanente que era su vida. 

Eso es lo que fue al principio. No tardó en empezar a ser la reina que pierde la partida tras ser engullida por un peón que creía insignificante; el as que perdió su valor cuando cambiaron las reglas del juego; el protagonista de una historia que no le importa a nadie. Su historia se acabó cuando el mechero se quedó sin gas, cuando el propio fuego se quemó. 

Caden Sewards era el tipo de persona capaz de mojar el agua, de quemar el fuego. Era el peón que llegaba al final del tablero y regresaba para comerse a la reina. Era el bufón que consiguió hacer reír al rey, y se atrevió a desafiar a la reina para comenzar el juego más peligroso de toda su vida. Él era la nada en persona. Lo malo de la nada es que siempre termina por ser algo, y cuando eso ocurre, explota. Explota con un ruido atronador que te deja sordo, en el momento en que menos te lo esperes. Y deja de ser nada para empezar a ser todo lo que tú temes

Fue Caden Sewards quien hizo que Aliza Winebrenner se diera cuenta de que había tipos de personas, y de que, en efecto, no le gustaban en absoluto los tipos como él. 

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