Dar pasos hacia un precipicio. Ésa era la forma de avanzar que tú tenías, Leto. Tú forma de enamorar era arrancar los besos, igual que tu manera de trabar amistad era prometer mucho más de lo que podías en realidad ofrecer.

Tenías más miedo de lo que estaba debajo de tu piel que del mundo; pero lo que yo aprendí con el tiempo es que las pesadillas de todas tus noches no tenían nada que ver contigo, sino con los monstruos que ya creías haber dejado atrás. Con los malos sueños de una niña. Con todas las cosas que alguna vez perdiste; con todas aquellas que te arrebataron a la fuerza. 

Eras todas tus cosas malas escondidas en un olvidado rincón de tu cabeza. Lo ridículo es que intentabas huir de ellas como quien huye de alguien que le persigue, cuando realmente la única persecución real era entre tú y el amor que nunca creíste alcanzar.

Vivías de sueños, Leto. Lo único que te mantenía de pie y despierta era alimentarte de todo lo que podría haber sido y nunca fue. De todo lo que tú podrías haber sido y fuiste, pero sin darte cuenta. Porque tú eras todo lo que temías, sí. Pero también lo que temíamos todos

Querías ser una bomba que estallara en el momento preciso, y, si te digo la verdad, nunca lo conseguiste. Tú eras mucho peor. Eras el ser con el aspecto más inocente de la tierra y el veneno más mortal del mundo. Cuando nos queríamos dar cuenta te teníamos hasta las entrañas. Hasta el corazón, hasta la cabeza. La única forma de librarse de ti era contigo. Pero ni siquiera tú llegaste a encontrar el antídoto para ti misma. 

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