Aliza siempre olvidaba las sonrisas. Olvidaba los cumpleaños, olvidaba las caras que no le importaban, olvidaba los sueños que le susurraban cosas que no quería escuchar. Nunca se acordaba de cuál fue el día en que conoció a las personas más importantes de su vida, o del momento en el que ésta dio un giro radical. Puede que hasta lograse olvidar el color de tus ojos si pasaba demasiado tiempo sin saber nada de ti. 

Por olvidar, olvidó hasta quién era. Nunca se le dieron bien las definiciones. Se amoldaba a la definición de cualquiera que la mirase, con todo lo bueno y lo malo que conllevaba. Era lo que veían en ella. Había quienes decían que se escondía del mundo porque no quería que la viera vivir. Porque le tenía envidia. O la admiraba. O la temía. 

Tampoco las matemáticas eran lo suyo. En sus cálculos particulares, dos más dos sólo eran cuatro a veces; cuando le apetecía que lo fueran.
—Dos más dos son dos más dos, ¿no? —alegaba siempre—. Eso es lo único que sabemos. Son cuatro si te empeñas, también. No es que esté mal. Pero yo también puedo dejarlos así, ¿verdad? Dos doses. Uno detrás de otro. Si los sumas desaparecen; como cuando la gente se empeña en sumar a la fuerza un tú y yo y convertirlo en un nosotros. No es que esté mal —repetía—. Pero yo sigo prefiriendo tú y yo. Tú y yo siempre seremos dos más dos, y eso nunca nos lo van a poder quitar. Siendo nosotros... nunca sabremos si alguna vez hemos llegado a ser un tres más uno.

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