El momento en el que decidí no hablar más de ti fue el instante exacto en que comencé a escribirte. Ese día también comprendí que no sé escribirte de la misma forma que no sé quererte, que no sé escucharte, que no sé por qué me haces no tener ni idea de nada. Desmontas mi mundo y construyes en dos segundos otro nuevo que no sé si me gusta. Que me encanta; que odio.

Siempre has sido una excusa andante, yo soy todo razones. Excusas que no me creo. Razones que no te importan. Tú piensas con el corazón, yo siento con la cabeza. Aciertas cuando te equivocas; me equivoco al tener razón. Eres tú y los demás. Somos todos. Tú de ayer, yo de mañana, y no hay presente alguno que nos reconcilie. Tú cuentas tus horas muertas y yo los años que vivo. Camino en círculos. Corres hacia la meta. Mientes de verdad. De verdad, no miento. Tú en la tierra, yo con los pies en las nubes. Tú te andas con rodeos, yo soy más de ir por las ramas. O las armas. Yo me cuelo a quemarropa, tú atraviesas hasta la piel. Tú de malos comienzos, yo de finales abruptos. Tú sigues en tus trece, yo cuento hasta diez.  Somos un tira y afloja; pero tú eres quien siempre tira, hasta que yo aflojo. Me caigo. Te empujan. Me muero, te matan.

Soy de atardeceres nublados y tú prefieres que tu piel lidie con el sol, pero cuando nos juntamos se nos acaban el sol, y las nubes. Nos conformamos con esa oscuridad que nos hemos dejado el uno al otro. Esa que me encanta, esa que odio.  

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