Nunca dejamos de jugar. La vida entera es un juego del que no sabemos exactamente cómo formamos parte. ¿Somos piezas de ajedrez sacrificadas individualmente por el bien común? ¿Somos cartas repartidas al azar que cambian de valor según las reglas del juego? ¿Somos miembros de un equipo? ¿Jugamos en solitario? 

Tú sabías jugar muy bien al escondite, Cass. ¿Y sabes cuál era tu lugar preferido? Mi cabeza. Mi mente.

Mi puta obsesión.

Diez segundos. A veces incluso menos. Necesitabas una palabra, dos de tus suspiros, un beso o un par de caricicas mal dadas para atravesar como a navajazos mi piel. De golpe. Y te colabas como a hurtadillas en mi cabeza, mientras yo trataba de encontrarte fuera.

¿Pistas? Huellas borradas de tu paso por otros corazones. Escuchaba tu nombre en todas partes. Cassidy. No había forma humana de arrancarte de ese hueco de mi cerebro del que te habías apropiado. Mordías mis entrañas como disfrutando de ese sabor que era rendición ante ti, mientras yo me retorcía de dolor, de amor, de dolor de nuevo. Y lo volvería a hacer. Una y otra vez. Encontraría al infierno y renunciaría a la salvación, si existieran, por ese jodido dolor que me hacías sentir tú, Cass. Porque nunca me sentía tan vivo como cuando tú intentabas matarme. Y te juro que me hubiera muerto, me hubiera muerto con que tú me lo pidieras.

Lo malo de jugar con la vida es que todo lo que puedes perder va mucho más allá de un par de piezas, el orgullo o unos minutos de alegría. Puedes perder la cabeza, el corazón, las ganas de vivir, la esperanza, la paciencia, tu dinero, el amor, la amistad, la confianza... y hasta a ti.

Mil segundos, minutos, horas, días, lo que fuera. No sé por cuánto tiempo luché por conseguir algo que nunca tuve, sólo sé que cuando yo intenté encontrarte a ti, Cass, me perdí a mí por el camino. 

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