Un día cualquiera me dijiste que cuando supiera lo que era que las palabras se me atragantasen en el corazón y no en la garganta, ese día entendería una milésima parte de lo que ocurría bajo tu piel todos esos días en los que te despertabas queriendo volver a dormirte.
Después de ese hubo otros muchos días cualesquiera en los que poco a poco me ibas dando pequeñas piezas que más tarde recompondrían el complicado puzle que tú eres, como aquella mañana de noviembre en la que me enteré de que lo que en realidad sucedía era que tu corazón aún no sabía digerir el amor; y por más que intentabas masticarlo y encontrarle ese sabor del que todo el mundo presumía, no lograbas pasar más allá de esa superficie tan difícil de franquear. 

Decías que yo era el chico de los condicionales. El que sería el rey en caso de que todo lo que pudiera ser fuera de verdad. Lo fui. Fui de verdad contigo muchas más veces de las que en realidad recuerdo. Y lo sería una vez más. Dediqué toda mi vida a enlazar de algún modo todas esas piezas, pese a que tú me repetías una y otra vez que esa no era tarea para nadie; que incluso había piezas que tú misma habías perdido por el camino y no querías recuperar. 

Mil quinientos ochenta y siete. Después de mil quinientos ochenta y siete días cualesquiera conseguí reunir todo lo necesario para reconstruirte. Para reconstruirnos. Pero tú no creías que nadie fuera capaz de recomponerlo todo y quedarse después para ver la imagen que formaba el rompecabezas al completo. Porque tú la habías visto. Y, por algún motivo, te asustaba

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