Si me dieran a elegir entre todas las cosas materiales y abstractas de este mundo para llevarme a una isla desierta, me iría con la imagen de uno de esos mordiscos que lanzas al aire cuando quieres tragarte tus palabras y encontraría un momento para esconder también tu sonrisa en el bolsillo y llevármela sin que nadie se entere. No sabría elegir tampoco entre la forma en que disimulas tus bostezos de media mañana, el remolino de tu pelo cuando te despiertas, la huella que dejan tus manos en mi piel o el lunar de tu espalda que encontré yo antes que tú.

Lo más probable es que rescatara también tus miradas de las mañanas que me marcho, los gruñidos en los que masticas odio en pedazos, las sonrisas sinvergüenzas que hacen que el mundo se antoje más fácil o las pisadas furiosas de una mal día que parecen hundir la tierra unos centímetros.

¿Algo que no me llevaría? Muchas cosas. Dejaría atrás el ceño que frunces con insistencia, los besos que algún día te arrancaron, las sonrisas que fingiste, todas las palabras que no has dicho, las que has dicho demasiado y las que no deberías volver a decir; las lágrimas que te robaron y las que tú robaste alguna vez, los segundos que desperdiciaste, lo sueños que destrozaste, los que un día abandonaste; y el resto de monstruos que todavía guardas en tu armario.

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