Kolera es la persona más tranquila que jamás he conocido. Tranquila en el sentido de que es como el ojo del huracán; pura calma rodeada del caos más desquiciante que puedas llegar a imaginarte. Es como un anticiclón y una borrasca amalgamados en una peligrosa mezcla capaz de mover vientos, desatar terremotos, levantar el mismo cielo por las mañanas o hacer salir a las estrellas remolonas en todas esas noches oscuras; que tan pronto mueve sus deseos en una dirección, como cambia de parecer y le da la vuelta al mundo en dos segundos, mientras tú luchas por no caerte de golpe de ese techo que ahora de pronto es el suelo que pisan tus pies.

Si algo sé a ciencia cierta es que hablar con ella es como caminar descalzo por un campo de minas, que una palabra en el momento equivocado puede hacerte estallar en pedazos que nadie se va a molestar en recoger. Que ser mudo o sordo para estar a su alrededor es una gran ventaja, pues cualquiera que camine a su lado sin poder escucharla estará libre de desobedecer todas esas locuras que su voz ordena; que tan pronto te encuentras sonriendo a un halago como lanzándote de cabeza precipicio abajo sin ser consciente de cómo has llegado hasta ahí.

Con ella nunca existen las segundas partes, todo es un constante principio en el que nada de lo que hagas importará después. Puede ser al mismo tiempo tus alas o tu lastre, tu sueño hecho realidad o tu pesadilla más vívida, lo que tus ojos buscan ver con insistencia o lo que no quieren volver a vislumbrar nunca más. Cuando le pidas que escoja, preguntará "¿cara o cruz?", y créeme cuando te digo que dará igual qué elijas tú, porque sus monedas siempre caen de canto y cuando se marchan rodando resulta imposible atraparlas.

Etiquetas: